Conexiones | Capítulo 19: El momento

Desperté por la mañana. Apenas había dormido, pero mi madre ya se había levantado y estaba haciendo ruido con la cafetera. La atmósfera en la casa era diferente: me transmitía, en cierto modo, una sensación de tranquilidad y reparación. Me levanté y me dirigí hacia la cocina, como había hecho tantas veces en mi vida cuando olía el café recién hecho.

Cuando la vi, me sorprendí. Había algo en ella que también me daba la sensación de cambio. Estaba relajada, no exhumaba ningún tipo de ansiedad ni de malas energías, sino al contrario. Mostraba una paz interior que no recordaba haber visto en ella jamás.

—Hombre, si tenemos aquí al hijo pródigo —me dijo, sonriendo de oreja a oreja—. ¡Feliz cumpleaños!

—Muchas gracias, mamá —le respondí, yendo directo a abrazarla—. Te he echado de menos.

En ese abrazo, sentí el refugio que necesitaba en ese momento. Era como si, por un momento, todo lo que nos había separado hubiera desaparecido de un bandazo. Después de tanto tiempo, estar cerca de ella me recordó lo importante que era tener a alguien que me entendiera sin necesidad de palabras.

Nos llevamos el café al salón, y poco a poco, la conversación comenzó a volverse más profunda. Sentía la necesidad de contarle todo lo que me había pasado con Alonso, y también explicarle cómo había ido todo en Madrid desde que no hablábamos tan seguido, pero sentía la imperiosa necesidad de saber qué había pasado entre nosotros. De algún modo, esa tranquilidad que se respiraba en un hogar que solía rezumar tensión me dio el valor para preguntarle.

—Mamá, ¿qué pasó entre nosotros? ¿Por qué nos alejamos tanto cuando pasó lo de papá? —le pregunté, intentando no sonar acusador, sino presentando una curiosidad auténtica.

Mi madre suspiró, como hubiera estado esperando esa pregunta desde hacía mucho tiempo pero, a la vez, como si hubiera deseado nunca tener que contestarla.

—Todo lo que pasó no fue fácil, Martín —contestó, finalmente, con una voz calmada, aunque seria—. Cuando decidí divorciarme de tu padre, sentí que tenía que aprender a estar sola. Ya no solo por el divorcio en sí, sino porque sentía que os había decepcionado al no tomar la decisión antes.

—¿Por qué dices eso? ¡Fuiste muy valiente! ¡Y lo hiciste cuando te viste preparada!

—Ya, pero a todos nos afectó cómo vivió tu padre con nosotros, y también cómo murió —admitió mi madre, con los ojos llorosos—. No juzgo lo que hiciste: no estuviste cuando murió y sé perfectamente que no desearías haber estado. Pero sé perfectamente que hemos pasado por algo parecido: teníamos que saber quiénes éramos sin él por encima, ¿verdad?

—Joder, has hecho una radiografía de todo lo que creo que me ha estado pasando —respondí, cogiéndole una mano—. ¿Crees que hice bien al venir, aun sabiendo que Maca estaba enfadada conmigo?

Mi madre me apretó la mano.

—Como me acabas de decir, hiciste lo que tuviste que hacer cuando estabas preparado.

Nos quedamos mirándonos el uno al otro. Sentí que su mirada llegaba a ver mucho más de lo que yo mismo podía comprender.

—¿Y crees que no estoy preparado para dejar que me quieran, mamá?

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que, a veces, me da la sensación de que jamás nadie podrá quererme porque yo no dejo que lo hagan —en este momento, sentí cómo mi mirada se entristecía, lo que hizo que la de mi madre también lo hiciera—. Mira cómo me he ido de Madrid, y todo porque sentía que Alonso sí quería estar conmigo…

—Es posible —declaró mi madre—. Has pasado por mucho. Piensa en Mario, cómo poco a poco se fue desconectando de ti para luego venir a por ti en Sevilla. O cómo Lorenzo se deshizo de ti sin tener en cuenta tus sentimientos.

—Ya…

—Todo tiene que ver con lo mismo: con tus relaciones anteriores. Pero es hora de romper el círculo —me dijo—. Es normal que quieras sentirte solo, que tengas incluso la necesidad de estarlo. Pero es porque, a veces, creemos que no nos merecemos ser queridos.

—¿No crees que debo reconstruirme antes de dejar que Alonso entre definitivamente en mi vida? —le pregunté, adivinando un poco la respuesta, aunque necesitaba oírla en voz alta.

—Martín, Alonso ya está dentro de tu vida. Lo que necesitas es que no salga de ella.

Asentí, sintiendo cómo las piezas empezaban a encajar en mi mente. Durante años había replicado, sin darme cuenta, el modelo que había visto en casa: mi madre, que se había apartado de mí (y también de Maca, por lo que entendí en nuestra conversación) para sanar, y yo, que había hecho lo mismo sin entender del todo por qué. Ambos habíamos creído que no merecíamos ser queridos hasta que estuviéramos «completos» de nuevo, sin darnos cuenta de que tal vez nunca llegaríamos a ese punto.

—No es fácil, ¿verdad? —susurré— Alejarse, digo.

—No, no lo es, pero también creo que es necesario. A veces, necesitamos ese espacio para entendernos a nosotros mismos —respondió, apretándome las manos—. Yo sentí la libertad por primera vez y tuve que conocerla alejándome de mis hijos y de mi familia. Tú has cogido un tren para darte cuenta de que Alonso es la persona indicada.

—¿Y qué debo hacer ahora que sé lo que pasa?

—Dejar de alejarte. Es el momento de dejar que te quieran. Y Alonso está listo para hacerlo.

Sentí una mezcla de sentimientos, un abanico que pasaban por el alivio y la tristeza. Me sentía aliviado por haber comenzado a entender mis sentimientos, mis patrones y las posibles soluciones, pero también me sentía bastante triste y decepcionado por haber perdido tanto el tiempo; sin embargo, algo me decía que no era tarde.

Después de esa conversación con mi madre, me di cuenta de que había llegado la hora de hacer las paces con mi pasado, con las decisiones que había tomado y con las personas a las que, sin querer, había herido. Justo cuando pensaba en toda esta situación, sonó la puerta.

Maca entró a casa, con Alejandra y Peter, sus hijos. No sabía que yo estaba allí, y su sorpresa fue palpable. En lugar de la tensión que había caracterizado nuestros encuentros recientes, supongo que por el hecho de todo lo que nos había pasado en el último año, esta vez nos miramos de forma diferente, como si estuviéramos listos para dejar atrás el rencor.

—No esperaba verte por aquí —dijo, tratando de mostrar serenidad, pero delatando cierta ternura en su mirada.

—Yo tampoco esperaba estar aquí, pero me alegra que estés aquí, Maca —le respondí.

Nos sentamos a hablar y, de alguna manera, entre palabras que parecían danzar entre la confrontación y el perdón, logramos encontrar un punto medio, un punto de diplomacia ajeno a cualquiera de los dos. Llegamos a perdonarnos lo suficiente como para saber que, a pesar de nuestras diferencias, siempre seríamos hermanos.

Sin embargo, sabía que todavía quedaba un paso más. Aunque había encontrado algo de paz con mi madre y había logrado un acercamiento con Maca, sentía un nudo en el estómago que no desaparecía. Ese nudo llevaba nombres y apellidos: Alonso Vidal. Desde mi marcha de Madrid, no podía dejar de pensar en él. En cómo estaría y en qué estaría pensando. Su ausencia era un eco constante que resonaba en mi cabeza, recordándome que tenía cuentas pendientes con él.

Me di cuenta de que no podía seguir evitando la situación. No podía seguir fingiendo que no pasaba nada cuando, en realidad, lo único que quería en ese momento era solucionar las cosas con él. Escuchar su voz. Sentir su piel. Saber que todavía quedaba algo entre nosotros que pudiéramos salvar.

Cogí mi teléfono y, con el pulso tembloroso, desbloqueé su contacto. El simple acto de ver su nombre en la pantalla hizo que me invadiera una oleada de emociones. Tenía miedo y culpa. También tenía mucha esperanza de que me entendiera, pero ¿para qué nos vamos a engañar? Estaba cagado de miedo. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué iba a decirle con la suficiente fuerza como para que me perdonara? ¿Qué tenía que hacer para que me entendiera?

Sabía que las palabras no serían suficientes para expresar todo lo que había pasado por mi mente y mi corazón, pero comencé a escribir.

𝗠𝗔𝗥𝗧𝗜́𝗡

𝘈𝘭𝘰𝘯𝘴𝘰, 𝘩𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘦𝘯 𝘯𝘰𝘴𝘰𝘵𝘳𝘰𝘴. 𝘕𝘰 𝘴𝘦́ 𝘯𝘪 𝘱𝘰𝘳 𝘥𝘰́𝘯𝘥𝘦 𝘦𝘮𝘱𝘦𝘻𝘢𝘳, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦𝘱𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘪́𝘴𝘪𝘮𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘶𝘤𝘦𝘥𝘪𝘰́ 𝘢𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦. 𝘔𝘦 𝘩𝘦 𝘥𝘢𝘥𝘰 𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘦𝘯 𝘵𝘢𝘯 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘶𝘯 𝘥𝘪́𝘢… 𝘔𝘦 𝘩𝘦 𝘥𝘢𝘥𝘰 𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘢𝘭𝘦𝘫𝘦́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘢𝘴𝘶𝘴𝘵𝘢𝘥𝘰, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪́𝘢 𝘦𝘯𝘧𝘳𝘦𝘯𝘵𝘢𝘳 𝘮𝘪𝘴 𝘱𝘳𝘰𝘱𝘪𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘦𝘥𝘰𝘴 𝘺 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳𝘦𝘴. 𝘏𝘦 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘥𝘰 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘩𝘶𝘺𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦, 𝘢𝘭 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭, 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘦́ 𝘱𝘰𝘳 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘢𝘳 𝘦𝘤𝘩𝘢𝘳 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘢 𝘭𝘢 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘢́𝘴 𝘮𝘦 𝘪𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢.

Las palabras fluían de mí casi sin esfuerzo, como si hubieran estado esperando su momento para salir a la luz. Cada frase que escribía me hacía sentir más vulnerable, pero también más aliviado, como si por fin estuviera liberando un peso que había estado cargando durante demasiado tiempo.

𝗠𝗔𝗥𝗧𝗜́𝗡

𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦𝘱𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘩𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘯 𝘵𝘪 𝘯𝘪 𝘶𝘯 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰. 𝘔𝘦 𝘩𝘦 𝘱𝘳𝘦𝘨𝘶𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘶𝘯𝘢 𝘺 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻 𝘴𝘪 𝘵𝘰𝘥𝘢𝘷𝘪́𝘢 𝘩𝘢𝘺 𝘶𝘯𝘢 𝘰𝘱𝘰𝘳𝘵𝘶𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘯𝘰𝘴𝘰𝘵𝘳𝘰𝘴, 𝘴𝘪 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘱𝘦𝘳𝘢𝘳 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘫𝘶𝘯𝘵𝘰𝘴. 𝘚𝘦́ 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘮𝘦𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘴 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘰𝘱𝘰𝘳𝘵𝘶𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘪 𝘦𝘴𝘵𝘢́𝘴 𝘥𝘪𝘴𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢 𝘩𝘢𝘣𝘭𝘢𝘳, 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳𝘦́ 𝘢𝘲𝘶𝘪́, 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰.

Cuando terminé de escribir, sentí que mi corazón iba a salirse del pecho. Releí el mensaje una y otra vez, dudando si debía enviarlo o no. Sabía que con un solo paso en falso podría cambiarlo todo, para bien o para mal. Finalmente, tomé aire y pulsé «Enviar».

El tiempo pareció detenerse mientras esperaba su respuesta. Vi el pequeño «escribiendo…» aparecer en la pantalla, y cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad. Intentaba no hacerme ilusiones, pero no podía evitarlo. Imaginé todas las posibles respuestas que podría recibir, desde una negativa devastadora hasta un perdón que abriría la puerta a un nuevo comienzo.

Sin embargo, el «escribiendo…» desapareció repentinamente. Mi corazón se hundió cuando vi que no había recibido ninguna respuesta, solo el temido doble check azul. Había leído mi mensaje y no había recibido respuesta… Me quedé mirando la pantalla, incapaz de procesar lo que significaba ese silencio. Había temido este momento, pero no me había preparado para el vacío que dejó. Sentí que se me escapaba el aire, como si todo el peso de la incertidumbre se me viniera encima de golpe.

Pero justo cuando estaba comenzando a resignarme a la idea de que quizás lo había perdido para siempre, el teléfono vibró en mi mano. Mi corazón dio un vuelco al ver su nombre en la pantalla, no como un mensaje, sino como una llamada entrante. No esperaba esa respuesta. No estaba preparado para ello pero, de repente, toda la angustia y el temor se transformaron en una mezcla de esperanza y nerviosismo.

Tomé aire antes de contestar, intentando que mi voz no delatara lo que estaba sintiendo.

—¿Diga? —pronuncié con un hilo de voz, tratando de sonar lo más tranquilo posible.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, lo suficiente para que el tiempo pareciera estirarse interminablemente. Entonces, escuché su voz, familiar y tranquilizadora, como un bálsamo para mis nervios.

—Hola, Martín —dijo Alonso, con tono suave, pero con una nota de seriedad que me hizo dudar de lo que vendría después.

Era solo un saludo, una palabra sencilla, pero el peso de todo lo que no se había dicho estaba presente en esa única frase. Estaba allí, dispuesto a hablar, y aunque no sabía qué iba a decirme, el hecho de que me hubiera llamado en lugar de simplemente ignorar mi mensaje me dio un pequeño rayo de esperanza.

Con el teléfono apretado contra mi oído, me preparé para lo que vendría. Sabía que la conversación no sería fácil, que habría muchas cosas a las que me tendría que enfrentar, pero en ese momento, con su voz resonando en mi oído, supe que no importaba cuán doloroso fuera el camino que me tocara caminar: estaba dispuesto a recorrerlo. Era el momento de hacerlo. No porque creyera que Alonso me fuera a perdonar, sino porque entendí que había personas por las que valía la pena el esfuerzo, el dolor y la incertidumbre. Alonso era una de esas personas, y no quería que se alejara de mí.

CONEXIONES | Capítulo 20: Conexiones

Deja un comentario