Razones por las que dejaría de ser docente (y una razón por la que será mi trabajo para siempre)

Aunque es algo que he repetido en muchas ocasiones, no está de más decir que yo he sido traductor casi de casualidad, porque yo lo que siempre he querido ha sido ser profesor. Traducir se convirtió, por así decirlo, en una transición necesaria, por la que tuve que pasar para que la vida me pusiera de nuevo en mi lugar. Al final, llevo años enseñando, prácticamente desde antes que me dedicara a traducir, y es precisamente el puesto al que espero optar durante el resto de mi vida laboral.

La cosa es que no es fácil. Como veremos en este artículo, parte de la serie «Razones» que llevo escribiendo desde hace ya unos años (como las de trabajar como autónomo, trabajar con academias, opositar o pedir cartas de recomendación), el ambiente laboral actual nos pone zancadillas de forma continuada a los que queremos trabajar como docentes, ya sea por dinero, por dificultad de estabilidad o, simplemente, porque no hay trabajo relacionado con la enseñanza.

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Sobre los fracasos y las victorias

Voy a contar una historia que necesito para poner en contexto el resto de acciones que se vienen, que se van y que nunca vendrán, y es que estoy acostumbrado al fracaso, al tropezón, pero estoy también acostumbrado a las autoexigencias que pueden o no llevarme a rascar alguna victoria. La cuestión es: ¿vale la pena quemarse hasta el punto de perder la salud, la pasión, o, simplemente, el tiempo?

Sea como fuere, lo primero que debo admitir, y antes de seguir escribiendo, es que llevo en terapia ya un tiempo debido a, precisamente, esa sensación de cansancio por tener una voz demasiado crítica y poco comprensiva conmigo mismo, a la vez que me sigo autoexigiendo de manera muy directa e, incluso, demasiado violenta, sin tener en cuenta el contexto, cómo me encuentro, o si de verdad me apetece hacer algo.

Precisamente este contexto es el que me ha hecho darme cuenta de que quizás embarcarme en ciertos proyectos, como las oposiciones, es algo que no me apetece, o que no es el momento, o que quizás el momento ya ha pasado. El pensamiento intrusivo de que se está haciendo algo que no cuadra con nuestro estado de ánimo o nuestros objetivos a corto o a medio plazo, o que seguramente no dé los resultados que esperamos, es una tarea muy cansada. Y, claro, uno acaba exhausto.

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Las cosas, claras y las oposiciones, espesas

Hace unos días, y con motivo del inicio de esta «temporada», decía que había momentos en la vida en los que había que elegir, en los que había que presentar soluciones y poner cartas sobre la mesa que en ningún otro momento nos habríamos propuesto jugar. Y he llegado a los treinta con una mano con la que no estoy muy convencido o, diciéndolo de otra forma —y siguiendo con la metáfora de las cartas—, creo que no estoy jugando una buena partida porque las normas del juego se me resisten. Y es que me encanta la docencia, está claro, pero ¿quiero seguir opositando?

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Y llegaron los treinta

Revisando mis notas, me he dado cuenta de que hace justo cinco años pasaba por un momento de «crisis». Justo cumplía 25 años, y estaba en una bifurcación imaginada (e imaginaria) que me hizo decantarme por un camino concreto a nivel profesional. No lo sabía entonces, pero también estaba construyendo un andamio para cambiar mi vida también en el aspecto personal.

Parece ser que tomamos (o tomo, así, en primera persona del singular) ciertos aspectos de la vida, como los momentos de crisis, para intentar buscar soluciones que ni llegaríamos a considerar en momentos normales de la vida, y es ahí cuando entra en juego también la suerte, el destino, y otras cosas en las que se puede creer (o no) para justificar lo que nos está pasando.

Sea como fuere, hoy se cumplen siete años (no treinta, que esos los cumplí yo hace unos meses), con una ilusión renovada por escribir, en general, y hablar de mi profesión y de mis aficiones, en particular, en este pequeño diario de a bordo que no pretende ser más que eso: un lugar donde volver y ver de dónde vengo, y vislumbrar (¿por qué no?) adónde voy.

Entre la burrocracia y la titulitis

Durante mi época como técnico de formación, en la que una de mis labores era coordinar el equipo de tutorización y los cursos que tenían asignados, me di cuenta de una cosa que luego he podido comprobar en otros entornos: España está enferma. ¿Diagnóstico? Titulitis aguda. ¿Síntomas? Exigencia de unos títulos determinados para ejercer puestos no cualificados.

Y digo que está enferma porque hay ciertos puestos para los que la formación (o, mejor dicho, cierta formación) no es tan importante. Conozco a personas que han trabajado en puestos similares a los que gestioné que no tenían una formación específica o relacionada con el puesto de tutor, pero que sí que tenían otros factores que eran importantes para llevar a cabo el trabajo de forma solvente, como la experiencia profesional o certificados de idiomas.

En este caso, todos los candidatos que podrían llegar a formar parte de este proyecto tenían que tener una serie de formación relacionada con los idiomas bastante alta o ser nativos (aunque ya sabemos que no siempre funciona correctamente), además de tener formación específica relacionada con la docencia. Al final, era un aspecto burocrático más (o «burrocrático», como decía yo) que nos restaba tiempo a las personas que estábamos detrás del proyecto en búsqueda de personal, que nos podía sorprender en los días previos a los inicios de las formaciones y que nos podía, incluso, tumbar grupos enteros de alumnos que estaban esperando pacientemente su formación. La pregunta es: ¿es necesario este filtro tan exhaustivo y exigente para personas que pueden hacer perfectamente su labor sin tener un título específico?

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Los horizontes profesionales que pudieron ser (y que podrán ser en el futuro)

El día 31 de enero, que empecé a trabajar como tutor de nuevo, se habían cumplido ya unos meses desde que estuviera en paro (aunque yo, como culo inquieto, empecé a buscar trabajo casi desde el principio de mi supuesto descanso) y, aunque costó que surgiera una propuesta laboral, sí que estuve haciendo entrevistas, normalmente a través de métodos electrónicos. Y es curioso lo que nos hace considerar una conversación con unos extraños acerca de nuestro futuro profesional. Y una de ellas, la que más me rondaba la cabeza, es si era la hora de dejar de buscar puestos como docente e intentar buscar en otros lares.

Es una cuestión que da mucho vértigo, y es una hipótesis que, por fin, ponía sobre la mesa: ¿y si ser docente se había acabado para mí (o, al menos, de la forma en la que había estado trabajando hasta ahora)? Teniendo en cuenta que estamos ante una situación económica, social y laboral muy delicada, es también normal que personas preparadas tengan algunos ases en la manga para enfrentarse a este tipo de problemas, y yo soy una de esas personas.

Si bien he trabajado en campos laborales, como el de la traducción, el de la formación, el de la docencia e incluso en el de la hostelería, debo decir que ahora mismo tengo algo muy claro: me apasionan los idiomas, me encanta la formación y no me importaría tener otros perfiles en cuenta que no tuvieran la docencia como punto central, al menos, en un futuro.

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Mi experiencia con el síndrome del burnout

Nota: Esta entrada esta programada para diciembre de 2021; sin embargo, en ese momento no me sentía con las suficientes fuerzas para explicar qué me pasaba realmente, ya que, aunque estaba en el paro, anímica y psicológicamente estaba bastante desgastado. Después de una lectura exhaustiva, he decidido publicarla.

Es curioso, pero en diciembre, cuando hacía ya unas semanas que había dejado de trabajar y, mientras buscaba trabajo que hacer durante los próximos meses, intenté aprovechar el tiempo que tenía libre para ponerme al día con algunos proyectos que había ido dejando de lado de forma progresiva porque, como se suele decir, «no me daba la vida pa’ más». Y es que, aunque costara, había que empezar a hacer cosas que te hicieran reconectar con lo que te apasiona de la vida.

Y es que en un momento tan difícil como el que hemos vivido, el estrés es algo que tenemos que evitar a toda costa, aunque no lo hagamos muy bien: una encuesta reciente determina que hasta un 90 % de los trabajadores españoles ha sufrido estrés en el trabajo en el último año, y casi un 60 % lo sufre de forma ocasional; de hecho, también se observa que el estrés afecta a la salud del trabajador, con posibilidad de que recaiga por los nuevos modelos de trabajo, como, por ejemplo, el trabajo remoto o teletrabajo.

Sea como fuere, me puse a pensar en las veces que dejar de trabajar ha sido para mí un alivio o una bendición, según se mire, debido, precisamente, a motivos relacionados con el estrés; precisamente, han sido dos los casos principalmente llamativos para mí, debido a los problemas de salud que han causado y cuya principal solución era abandonar el barco. Y es que este problema tiene nombre: el síndrome del burnout.

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Las lecciones del 2021

Llegar al final del año con cosas que contar es algo de lo que me siento orgulloso normalmente, pero es que llego a diciembre con la sensación de que estos doce meses me han atropellado, en diferentes aspectos; sin embargo, sí que siento que he podido salir ileso y que he sacado muchas lecciones de las que puedo aprender para ser un mejor profesional, pero también una mejor persona.

Sinceramente, tengo dos partes muy diferenciadas de este año: la que he estado empleado y la que, por suerte o por desgracia, estoy en paro. Actualmente, considero que las lecciones que he ido adquiriendo a lo largo de este tiempo son totalmente complementarias y que, de hecho, son perfectamente válidas para (casi) cualquier momento de la vida, porque ¿a quién no le gusta aprender cosas en mitad de una situación tan complicada como la que tenemos, para salir mejor del bache?

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Razones por las que nunca he pedido cartas de recomendación (y una razón por las que las pediré a partir de ahora)

Estar en paro por primera vez en casi siete años me ha hecho darme cuenta de las prioridades de la vida, pero también en qué debo hacer a partir de ahora para no caer en cierto tipo de empleos que no me convienen. Ha llegado un momento de mi vida laboral que me ha hecho recapacitar sobre qué tipo de trabajo es el que quiero hacer, y del tipo de entornos en los que me gustaría ejercer de docente (o de algún puesto complementario a la educación).

Y aunque me prometí esperar un poco más y centrarme en otros aspectos de mi vida, he estado buscando ofertas de empleo en las que pudiera encajar. A veces, incluso me he postulado yo directamente a la empresa (o empresas). Y es aquí cuando llega el quid de la cuestión… ¿Hace falta que presente referencias? Pues depende de la empresa, pero también del puesto o, incluso, de la relación que tengas actualmente con las personas que te podrían referenciar.

La verdad es que yo nunca he tenido una especial afinidad a las cartas de recomendación, porque, al final, son documentos caducos que no muestran una situación real del candidato; especialmente, si hace mucho de esa referencia de algún jefe, superior o compañero. De hecho, la función de recomendación de redes como Linkedin me parece una buena representación de lo que digo: ¿de verdad es relevante ese comentario de un compañero con el que trabajaste hace siete años?

La cuestión es que es innegable que una buena referencia puede abrirte muchas puertas. Aunque no sea un ejemplo relacionado con el mundo laboral, una carta de recomendación propuesta por una profesora que me dio clases en el Máster de Profesorado hizo que mi perfil fuera interesante para que me admitieran en el Máster en las Tecnologías de la Información y Comunicación para el Tratamiento y Enseñanza de Lenguas en la UNED, lo que me hizo pensar que posiblemente haya que pedir referencias cuando las necesitemos, pero es que hay tantos inconvenientes que abruma el solo hecho de solicitarlas.

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Mi experiencia como técnico de formación

Trabajar como docente es mi pasión, y creo que lo he dejado claro más de una vez en este cuaderno de campo. Precisamente por eso me fue tan difícil —o, mejor dicho, le di tantas vueltas— aceptar un trabajo diferente, en el que, si bien mi conocimiento relacionado con la docencia era primordial, no era el punto principal del puesto.

Durante seis meses (desde febrero a agosto de 2021), trabajé como coordinador técnico de formación, un puesto que se creó debido a una gran alta carga de trabajo que había por un proyecto de una administración pública. En este puesto, mis funciones principales estaban relacionadas con la gestión de alumnado y del personal encargado de las formaciones para esta institución pero, también, ser el punto de unión entre el cliente y la empresa.

Está claro que un cambio de puesto como este también tenía unos cambios de tareas y de responsabilidades que se vieron reflejadas en mi día a día, y me gustaría plasmar en este registro lo que supuso ampliar mis horizontes y descubrir otro perfil que, como veremos, ya tenía ganas de probar.

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