Entre la burrocracia y la titulitis

Durante mi época como técnico de formación, en la que una de mis labores era coordinar el equipo de tutorización y los cursos que tenían asignados, me di cuenta de una cosa que luego he podido comprobar en otros entornos: España está enferma. ¿Diagnóstico? Titulitis aguda. ¿Síntomas? Exigencia de unos títulos determinados para ejercer puestos no cualificados.

Y digo que está enferma porque hay ciertos puestos para los que la formación (o, mejor dicho, cierta formación) no es tan importante. Conozco a personas que han trabajado en puestos similares a los que gestioné que no tenían una formación específica o relacionada con el puesto de tutor, pero que sí que tenían otros factores que eran importantes para llevar a cabo el trabajo de forma solvente, como la experiencia profesional o certificados de idiomas.

En este caso, todos los candidatos que podrían llegar a formar parte de este proyecto tenían que tener una serie de formación relacionada con los idiomas bastante alta o ser nativos (aunque ya sabemos que no siempre funciona correctamente), además de tener formación específica relacionada con la docencia. Al final, era un aspecto burocrático más (o «burrocrático», como decía yo) que nos restaba tiempo a las personas que estábamos detrás del proyecto en búsqueda de personal, que nos podía sorprender en los días previos a los inicios de las formaciones y que nos podía, incluso, tumbar grupos enteros de alumnos que estaban esperando pacientemente su formación. La pregunta es: ¿es necesario este filtro tan exhaustivo y exigente para personas que pueden hacer perfectamente su labor sin tener un título específico?

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Los horizontes profesionales que pudieron ser (y que podrán ser en el futuro)

El día 31 de enero, que empecé a trabajar como tutor de nuevo, se habían cumplido ya unos meses desde que estuviera en paro (aunque yo, como culo inquieto, empecé a buscar trabajo casi desde el principio de mi supuesto descanso) y, aunque costó que surgiera una propuesta laboral, sí que estuve haciendo entrevistas, normalmente a través de métodos electrónicos. Y es curioso lo que nos hace considerar una conversación con unos extraños acerca de nuestro futuro profesional. Y una de ellas, la que más me rondaba la cabeza, es si era la hora de dejar de buscar puestos como docente e intentar buscar en otros lares.

Es una cuestión que da mucho vértigo, y es una hipótesis que, por fin, ponía sobre la mesa: ¿y si ser docente se había acabado para mí (o, al menos, de la forma en la que había estado trabajando hasta ahora)? Teniendo en cuenta que estamos ante una situación económica, social y laboral muy delicada, es también normal que personas preparadas tengan algunos ases en la manga para enfrentarse a este tipo de problemas, y yo soy una de esas personas.

Si bien he trabajado en campos laborales, como el de la traducción, el de la formación, el de la docencia e incluso en el de la hostelería, debo decir que ahora mismo tengo algo muy claro: me apasionan los idiomas, me encanta la formación y no me importaría tener otros perfiles en cuenta que no tuvieran la docencia como punto central, al menos, en un futuro.

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Mi experiencia con el síndrome del burnout

Nota: Esta entrada esta programada para diciembre de 2021; sin embargo, en ese momento no me sentía con las suficientes fuerzas para explicar qué me pasaba realmente, ya que, aunque estaba en el paro, anímica y psicológicamente estaba bastante desgastado. Después de una lectura exhaustiva, he decidido publicarla.

Es curioso, pero en diciembre, cuando hacía ya unas semanas que había dejado de trabajar y, mientras buscaba trabajo que hacer durante los próximos meses, intenté aprovechar el tiempo que tenía libre para ponerme al día con algunos proyectos que había ido dejando de lado de forma progresiva porque, como se suele decir, «no me daba la vida pa’ más». Y es que, aunque costara, había que empezar a hacer cosas que te hicieran reconectar con lo que te apasiona de la vida.

Y es que en un momento tan difícil como el que hemos vivido, el estrés es algo que tenemos que evitar a toda costa, aunque no lo hagamos muy bien: una encuesta reciente determina que hasta un 90 % de los trabajadores españoles ha sufrido estrés en el trabajo en el último año, y casi un 60 % lo sufre de forma ocasional; de hecho, también se observa que el estrés afecta a la salud del trabajador, con posibilidad de que recaiga por los nuevos modelos de trabajo, como, por ejemplo, el trabajo remoto o teletrabajo.

Sea como fuere, me puse a pensar en las veces que dejar de trabajar ha sido para mí un alivio o una bendición, según se mire, debido, precisamente, a motivos relacionados con el estrés; precisamente, han sido dos los casos principalmente llamativos para mí, debido a los problemas de salud que han causado y cuya principal solución era abandonar el barco. Y es que este problema tiene nombre: el síndrome del burnout.

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Las lecciones del 2021

Llegar al final del año con cosas que contar es algo de lo que me siento orgulloso normalmente, pero es que llego a diciembre con la sensación de que estos doce meses me han atropellado, en diferentes aspectos; sin embargo, sí que siento que he podido salir ileso y que he sacado muchas lecciones de las que puedo aprender para ser un mejor profesional, pero también una mejor persona.

Sinceramente, tengo dos partes muy diferenciadas de este año: la que he estado empleado y la que, por suerte o por desgracia, estoy en paro. Actualmente, considero que las lecciones que he ido adquiriendo a lo largo de este tiempo son totalmente complementarias y que, de hecho, son perfectamente válidas para (casi) cualquier momento de la vida, porque ¿a quién no le gusta aprender cosas en mitad de una situación tan complicada como la que tenemos, para salir mejor del bache?

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Razones por las que nunca he pedido cartas de recomendación (y una razón por las que las pediré a partir de ahora)

Estar en paro por primera vez en casi siete años me ha hecho darme cuenta de las prioridades de la vida, pero también en qué debo hacer a partir de ahora para no caer en cierto tipo de empleos que no me convienen. Ha llegado un momento de mi vida laboral que me ha hecho recapacitar sobre qué tipo de trabajo es el que quiero hacer, y del tipo de entornos en los que me gustaría ejercer de docente (o de algún puesto complementario a la educación).

Y aunque me prometí esperar un poco más y centrarme en otros aspectos de mi vida, he estado buscando ofertas de empleo en las que pudiera encajar. A veces, incluso me he postulado yo directamente a la empresa (o empresas). Y es aquí cuando llega el quid de la cuestión… ¿Hace falta que presente referencias? Pues depende de la empresa, pero también del puesto o, incluso, de la relación que tengas actualmente con las personas que te podrían referenciar.

La verdad es que yo nunca he tenido una especial afinidad a las cartas de recomendación, porque, al final, son documentos caducos que no muestran una situación real del candidato; especialmente, si hace mucho de esa referencia de algún jefe, superior o compañero. De hecho, la función de recomendación de redes como Linkedin me parece una buena representación de lo que digo: ¿de verdad es relevante ese comentario de un compañero con el que trabajaste hace siete años?

La cuestión es que es innegable que una buena referencia puede abrirte muchas puertas. Aunque no sea un ejemplo relacionado con el mundo laboral, una carta de recomendación propuesta por una profesora que me dio clases en el Máster de Profesorado hizo que mi perfil fuera interesante para que me admitieran en el Máster en las Tecnologías de la Información y Comunicación para el Tratamiento y Enseñanza de Lenguas en la UNED, lo que me hizo pensar que posiblemente haya que pedir referencias cuando las necesitemos, pero es que hay tantos inconvenientes que abruma el solo hecho de solicitarlas.

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Mi experiencia como técnico de formación

Trabajar como docente es mi pasión, y creo que lo he dejado claro más de una vez en este cuaderno de campo. Precisamente por eso me fue tan difícil —o, mejor dicho, le di tantas vueltas— aceptar un trabajo diferente, en el que, si bien mi conocimiento relacionado con la docencia era primordial, no era el punto principal del puesto.

Durante seis meses (desde febrero a agosto de 2021), trabajé como coordinador técnico de formación, un puesto que se creó debido a una gran alta carga de trabajo que había por un proyecto de una administración pública. En este puesto, mis funciones principales estaban relacionadas con la gestión de alumnado y del personal encargado de las formaciones para esta institución pero, también, ser el punto de unión entre el cliente y la empresa.

Está claro que un cambio de puesto como este también tenía unos cambios de tareas y de responsabilidades que se vieron reflejadas en mi día a día, y me gustaría plasmar en este registro lo que supuso ampliar mis horizontes y descubrir otro perfil que, como veremos, ya tenía ganas de probar.

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De profesión: nativo

Hace tiempo que me gustaría tener una conversación (o, más bien, exponer un caso concreto) en este diario de a bordo en el que cuento mis peripecias personales y profesionales que tiene que ver con el mundo laboral, y que veo que se ha extendido en las ofertas de trabajo a las que accedo últimamente en cualquier sitio web de búsqueda de empleo. Y sí, es la necesidad de ser nativo para cualquier trabajo relacionado con los idiomas.

Durante los últimos años, hemos vivido en una época de cambios en el plano laboral y profesional que hace posible que, sin una formación específica, muchas personas puedan trabajar en ciertos oficios sin que nadie actúe de forma activa contra ellos. El intrusismo laboral en ciertos campos relacionados con los idiomas, la traducción y la interpretación es algo que vivimos día a día como algo rutinario, cuando no debería ser así.

Y digo que no debería ser así no por una queja por una falta de oportunidades —es muy posible que aproveche este parón para hacer algo que me llene o que me llame la atención de nuevo—, sino porque ser nativo no significa ser buen profesional.
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Un septiembre diferente

Septiembre suele ser un mes que me motiva por los planes que empiezan y, sobre todo, por el trabajo que comienzo; sin embargo, este año va a ser muy diferente. Por primera vez en siete años, y desde que terminé la carrera de Traducción e Interpretación, allá por el 2014, estoy en paro. No es algo que me pillara por sorpresa, ya que conocía de antemano que se me terminaba el contrato en un mes tan difícil como agosto para encontrar trabajo como docente, pero, aun así, me siento raro.

De momento, tengo dos mentalidades, que se pelean entre sí y que también recoge mi tipo de personalidad: por un lado, tengo ganas de «aprovechar» que tengo prestación por desempleo, que será la primera vez que solicite, y me gustaría aprovechar este parón para cerrar frentes que estaban sin terminar, como el Máster en las Tecnologías de la Información y de la Comunicación en el Tratamiento y Enseñanza de Lenguas de la UNED; por otra, sin embargo, me encuentro en la necesidad de seguir trabajando, de seguir sintiéndome productivo, y, sobre todo, de seguir cumpliendo objetivos laborales y personales.

Sea como fuere, el primer paso está dado: si bien esto no es una situación que yo haya elegido, ya que jamás he estado en paro desde 2014, soy consciente de que necesito un cambio, de que necesito parar y de que necesito desconectar para reconectar con el camino que debo seguir. Como comentaré en artículos posteriores, y más adelante, llevo a cuestas una serie de ¿decepciones? laborales y personales que, quizás, me hayan hecho no disfrutar tanto de lo que hago, o cegarme con el fracaso, o, simplemente, han convertido lo que debería ser mi pasión en algo que no me llena.

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Todo sigue igual, todo está cambiando

Hace unas semanas que leí el título de un artículo que se llama, precisamente, como la publicación que estás leyendo. Hablaba sobre la política actual, pero yo no vengo a hablar de política, sino a hacer un poco de revisión de este curso que ha sido tan especial y tan complicado a partes iguales.

Desde septiembre, cuando volvía a empezar, como casi cada curso, decía que este curso iba a ser una revisión de todo lo que no pudo ser el año anterior, pero, como casi siempre, me equivocaba, ya que al final estos meses han ido por otros derroteros, debido a los cambios de planes, a las paradas para ¿descansar? y, sobre todo, por mi vida personal y profesional.

Actualmente estoy agradecidísimo de tener la posibilidad de seguir creciendo como profesional, y, de hecho, es algo que me está ayudando a darme la oportunidad de escribir de vez en cuando lo que me pasa por la cabeza, o lo que me gustaría que me hubieran dicho antes de tomar según qué decisiones o, simplemente, lo que va ocurriendo en mi vida, como forma de llevar un registro de las coordenadas en las que voy pisando, que, precisamente, fue el origen de crear este blog que ya inicié hace más de cinco años.

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Tenemos que hablar de los certificados de idiomas

Cuando uno es joven, siempre acaba siendo más atrevido de la cuenta, y dice cosas que quiere hacer y las que jamás se le pasaría por la cabeza; por poner un ejemplo, cuando empecé a estudiar Traducción e Interpretación y decidí probar cómo sería ser traductor (o intérprete), dije que jamás sería autónomo. Pues mira, fui autónomo durante casi tres años y medio. Cuando estudié el Máster de Profesorado, también me prometí que las oposiciones no estaban hechas para mí y que no perdería mi tiempo en ellas. Spoiler: llevo dos años preparándolas.

Con los certificados de idiomas me ha pasado una cosa parecida. Siendo traductor, nunca me habían solicitado ningún tipo de certificado que pusiera de manifiesto el nivel de idiomas con el que contaba, ya que se daba por hecho que mi nivel en inglés, por poner un ejemplo, era alto, ya que cuento con un Grado en Traducción e Interpretación y, además, también tengo experiencia previa en campos relacionados con los idiomas (como la misma traducción, la corrección o la redacción). Tampoco se me había solicitado demostrar mi destreza con el inglés en puestos relacionados con la formación, ya que con mis estudios era suficiente.

Sin embargo, una vez empiezas una carrera tan importante como la de opositar, te das cuenta de que hay muchos pasos que podrías haber dado con anterioridad que actualmente no tienes a tu favor, y que muchos otros competidores han avanzado hacia la obtención de méritos que actualmente no posees, como, precisamente, haberse presentado a certificados de idiomas. Pero ¿es obligatorio hacer exámenes solo para rascar algún punto? ¿La obtención de estos títulos es para todo el mundo? ¿De verdad te diferencia tantísimo tener un certificado o no? Pues la respuesta, como buen traductor, es «depende».

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