Mi experiencia como tutor de inglés online

Después de mi experiencia trabajando en academias, decidí que era el momento de apostar por otro tipo de formación. Aunque ser profesor de inglés era (y sigue siendo) mi objetivo final, tenía la sensación de que era el momento de cambiar de tercio, de darle una vuelta de tuerca y de encontrar algo que me motivara de nuevo. Y a finales de agosto, justo cuando todo se tornaba negro, encontré la solución (¿o debería decir que me encontró ella a mí?).

Casi de la nada, tenía una entrevista en una empresa de formación para trabajar como tutor de inglés. Trabajar como tutor de inglés no es algo nuevo para mí; de hecho, ya mencioné mi experiencia como especialista en la enseñanza online de idiomas en varias ocasiones, pero esta vez era muy diferente a toda la experiencia que había tenido con anterioridad.

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Volver a empezar

Después de un verano en el que el término «nueva normalidad» ha perdido casi su significado (de tanto usarlo, como diría la más grande) y con las pilas cargadas después de unas vacaciones —no sé si merecidas, pero sí necesarias—, volver a un sitio del que nunca me he ido del todo siempre es raro, pero siempre asoma el mismo sentimiento los 31 de agosto: empieza todo de nuevo.

Volver a empezar este curso va a ser un déjà vu bastante curioso: voy a volver a prácticamente todos los planes que me dejé en septiembre del año pasado, y a recuperarlos después de que este año imposibilitara, entre otras cosas, la celebración de las oposiciones para el cuerpo de Profesorado de Secundaria y Bachillerato en toda España; además, me gustaría seguir creciendo en el campo profesional, si bien sigo trabajando como tutor de inglés (y, de momento, todo va bastante bien).

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Mapas por explorar

Es un hecho que se repite todos los años: llega el calor, las ganas de pasar más tiempo desconectado y no delante de una pantalla, y también la sequía de ideas. Y, claro, llega también el parón consiguiente. Pero este año es diferente, por razones evidentes. De hecho, el año pasado dije que ese verano iba a ser el más extraño de mi vida. Bueno, sorpresas te da la vida: este es todavía más raro. Y no solo en el plano profesional: en lo personal también está siendo inusual, pero hasta puntos que ni siquiera me podría imaginar.

La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar, más allá de la situación que estamos viviendo todos y que no sabemos muy bien cómo va a acabar (o cuándo, que también es importante). Pero si comparamos todos los planes que os contaba en septiembre sobre este nuevo curso con los que se han producido o con los que tienen posibilidad de realizarse… pues nos quedamos con una lista de elementos bastante reducida.

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Teletrabajando, que es gerundio

En mitad de una pandemia, el mundo solo se puede parar para algunos. Entre los ERTE, los servicios esenciales y los problemas de algunos para decidir quiénes trabajaban y quiénes no, también otro concepto se convirtió en trending topic en muchas empresas: el trabajo remoto (o teletrabajo). Para muchos, trabajar desde casa era algo nuevo; para otros, sin embargo, sí que era un antiguo conocido.

Durante mis años de autónomo, trabajar desde casa era lo normal, a pesar de que una parte de mi trabajo lo hacía fuera de las cuatro paredes a las que llamaba hogar, entre las clases presenciales y la posibilidad de tener un espacio para trabajar con otros profesionales relacionados con mi campo. Pero teletrabajar no era algo que me resultara extraño, sino que, más bien, echaba de menos hacer un trabajo como el mío desde una localización diferente a una oficina.

Seamos sinceros: desde que empecé a trabajar como tutor de inglés, pensé que este trabajo era muy propenso a hacerse desde casa. Lo necesario, que era un buen ordenador y una buena conexión a Internet, ya lo tenía, por lo que solo quedaba la confianza de nuestros jefes y tambien que se diera la oportunidad de hacerlo para ver si, en realidad, era un trabajo por el que valía la pena trabajar desde casa.

Después de casi dos meses trabajando desde casa, podría decirse que he tenido el tiempo suficiente para ver qué ventajas y desventajas he tenido durante estas semanas, pero también veo el teletrabajo desde una retrospectiva objetiva como para ofrecer algunas medidas que nos podría hacer el trabajo más cómodo para todos una vez volvamos a la normalidad.

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Día del Libro: ideas para regalar(te) el mejor libro

En enero de 2020 me propuse varias cosas, y una de ellas era leer más. Si bien ya había intentado seguir diferentes formas de cumplir mis propósitos de Año Nuevo (sin éxito), este año, en el que estaba estudiando oposiciones, no parecía ser tampoco el escenario idóneo para introducir literatura más allá de la que tenía pendiente estudiarme en algunos temas.

Sin embargo, parece ser que estoy cumpliendo mi objetivo de leer, al menos (y de media, pues empecé tarde), un libro por mes, y la verdad es que estoy muy contento de haber retomado este hábito. Estoy tan contento que me he suscrito a Novelas Eternas, una lista de distribución de libros a bastante buen precio con mujeres como protagonistas y mayoritariamente escritas por mujeres, una oportunidad que no podía dejar escapar.

El Día del Libro ha cobrado una importancia mayor durante los últimos años tras la publicación de Diario de un futuro traductor, una recopilación de antiguos artículos y nuevas visiones de la traducción y de la interpretación de un chaval de 22 años que apenas sabía de la carrera profesional que tenía delante. Ahora mismo, aunque sigo considerando que es una obra de la que me siento orgulloso, considero que no me representa tanto como otros aspectos de mi vida que sí que he desarrollado después.

Precisamente con motivo del próximo Día del Libro, he decidido recopilar algunos libros, todos relacionados con la traducción, la interpretación, la enseñanza, los idiomas y —sorpresa— las oposiciones, para regalar(nos) el mejor libro.

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Ser traductor como (mi) trabajo de transición

No me gustaría darme cuenta de que estoy repitiendo historias cual abuelo demente, pero hoy toca hablar de algo que ya he mencionado con anterioridad, y es por qué elegí estudiar Traducción e Interpretación. Es curioso, porque con catorce años, cuando aún no sabía que quería dedicarme a los idiomas, mis opciones principales eran Magisterio y Psicología: la primera, es obvia; la segunda, todo lo contrario.

Siempre he sido mucho de admirar a la gente que se lo gana a mi alrededor, que cumple sus propósitos, que hace todo lo posible para ser mejor y hacer que los demás también lo seamos. No sé si es que yo he tenido mucha suerte, pero prácticamente la totalidad de la plantilla docente con la que me he topado durante todos mis años como estudiante ha sido maravillosa. Y quizás de ahí viene mi vocación de querer ser profesor, de querer dedicarme a enseñar lo que sé a las futuras generaciones.

La psicología, como dije, era una opción poco obvia. No me gustaban las ciencias, y tampoco se me daban especialmente bien, pero sí que me gustaba escuchar, descubrir, curiosear, sacar conclusiones y hacer crear un producto (un diagnóstico, en el caso de la carrera psicológica) que saliera de mi mente para poder mejorar la de los demás. Pero ambas opciones quedaron enterradas cuando llegó Traducción e Interpretación.

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A la lengua meta hay que quererla

En octubre harán diez años desde que empezara la carrera de Traducción e Interpretación, y desde entonces he visto a muchos defender el carácter multidisciplinar y polifacético debido al contacto con las diferentes lenguas que aparecen en el plan de estudios de la carrera, y también a la plasticidad de estas para tratarlas desde diferentes puntos de vista, ya sea en un texto técnico o en un texto literario.

Precisamente esta visión de la carrera como unos superestudios en los que priman los idiomas extranjeros, defendida por los traductores profesionales y apoyada por el mundo académico, no nos hace ver la importancia que tienen otros aspectos de la carrera que también tienen mucho que ver con algunos de los posibles trabajos que pueden acabar haciendo los egresados en Traducción e Interpretación, como el uso de las nuevas tecnologías.

No advertir del más que necesario uso del ordenador como herramienta de trabajo para el traductor y de otros elementos que nos puedan ayudar en el trabajo del intérprete me hace pensar que quizás no se ponen al mismo nivel elementos importantes dentro del proceso de traducción. Pero creo que, sin lugar a duda, quien se lleva la palma es lo poco que valoramos nuestra lengua meta de cara a promocionar nuestra carrera.

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Opositar o no opositar: esa es la cuestión (personal)

Las oposiciones se están convirtiendo en la salida laboral preferida de muchos que, decepcionados con las opciones que les ofrece el mundo profesional tras terminar la carrera (o un máster), deciden ir a lo público para tener una visión laboral a largo plazo, con una estabilidad sin parangón en el sector privado y con unas condiciones bastante buenas en según qué sector del funcionariado.

Es verdad que trabajar como funcionario trae consigo diferentes ventajas que, en un mundo tan cambiante como en el que nos encontramos actualmente, necesitamos algunos para construir una vida alrededor, como la estabilidad que mencionábamos, además de un posible desarrollo y progreso profesional a través de promociones, un buen sueldo (para los profesores de Secundaria, en el subgrupo A1, el sueldo rondaría entre los 1500-1800 €, según la tabla de la Federación de Enseñanza de CC.OO. de 2014), una conciliación familiar envidiable y una igualdad de oportunidades que el sector privado no asegura.

A pesar de existir diferentes pros para empezar la carrera de las oposiciones, hay varios inconvenientes de este proceso. Me recuerda un poco a ser autónomo: aunque dar el paso de iniciar una carrera de fondo como el de las oposiciones es algo que juega a nuestro favor, la verdad es que no creo que se adecue en muchos aspectos a los objetivos personales o profesionales a los que quieren llegar muchos.

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A veces hay que perderse

Dicen que a veces hay que perderse para volver a encontrarse, pero la verdad es que es curioso el hecho de que siempre evitamos hacer lo necesario para perdernos. Llámalo rutina o llámalo como quieras: al final todas esas acciones repetidas una y otra vez en el tiempo, que nos acaban quitando las ganas de arriesgar, hacen que tomemos caminos que quizás no deseamos tomar nunca.

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Razones por las que dejé de trabajar con academias (y una razón por la que volvería)

En marzo de 2015, empecé mi andadura como autónomo, aunque, como muchos sabéis, acabé dejándolo en junio de 2017 para dedicarme en exclusiva a la enseñanza de idiomas. Desde entonces, no he parado de trabajar en puestos relacionados con la docencia, ya sea en empresas no relacionadas con la enseñanza como en academias y centros de formación.

Dejar la traducción, como he mencionado en varias ocasiones, no fue fácil, pero dadas mis experiencias como gestor de mi propio negocio y las ofertas surrealistas que me fui encontrando durante mi tiempo como profesional freelance, la verdad es que prefería trabajar por cuenta ajena.

Mi sorpresa ha sido que, a pesar de que el servicio de formación no reglada en España goza de una salud bastante buena —gracias a la necesidad de acreditación de idiomas por parte de las instituciones universitarias, los colegios bilingües y la necesidad de unos conocimientos lingüísticos suficientes para ser competitivo en el mundo laboral—, últimamente me he encontrado con algunos aspectos de las academias que me han hecho decir hasta aquí y no volver a trabajar con ellas.

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