Las cinco fases del opositor

Siempre dicen que la vida empieza cuando termina nuestra zona de confort. Ya he dicho en más de una ocasión que trabajar como traductor (o como camarero, o como cualquier otro trabajo que no fuera profesor de inglés) era, en cierto modo, la opción más fácil para mí, aunque conseguir trabajo en esta industria sea algo difícil (que no imposible), pero decidí salir de la rutina en 2017 y he de decir que ha sido una de las mejores ideas que he tomado en mi vida.

La cosa es que ahora que este proceso de oposiciones está acabando y la fecha del examen se va acercando me he dado cuenta de que los opositores pasamos por diferentes fases desde el principio del curso a la fecha de la convocatoria, y no todas son agradables, ni bonitas ni, mucho menos, fáciles. La idea de que unas oposiciones son el camino fácil o que cualquiera puede o debe opositar tiene que acabar, no solo porque no es verdad, sino porque tampoco es sano presionar a nadie para que pase por un proceso que no le llena.

Sea como fuere, y después de mucho darle vueltas a la cabeza sobre el tema, he diferenciado cinco fases por las que he ido pasando durante estos últimos meses, y también algunos compañeros con los que comparto objetivos a nivel profesional.

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El año que nos cambió

Posiblemente haya tenido que reescribir estas líneas unas ¿7, 8? veces porque no me creía lo que estaba escribiendo. Algunas veces era demasiado políticamente correcto; otras, sin embargo, demasiado pesimista. Y es el que el 2020 ha dejado una sensación de haber pasado rápido, de haber pasado como una tormenta que lo deja todo alborotado, pero también de haber pasado casi de puntillas debido al confinamiento, primero, y las restricciones, después.

A pesar de todo, debo decir que el 2020 me ha dejado momentos muy buenos, tanto en el nivel personal como el laboral, y también debo decir que, por (muchísima) suerte, podremos recordar el 2020 como ese año que nos cambió, y, en la mayor parte, hacia una posición mucho más favorable.

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Razones por las que dejaría de opositar (y una por la que llegaré hasta el final)

Después de pasar por la experiencia de ser autónomo, y también de trabajar con academias y otros tipos de formación, llegó a mi mente la idea de querer ser profesor. Pero ser profesor de Secundaria no es algo fácil, y ya hemos comprobado que hay que realizar, como mínimo, una inversión de tiempo y dinero para estudiar el Máster de Profesorado, que está siendo un éxito a nivel nacional.

Las razones son varias, pero creo que la de ser habilitante —al menos, hasta antes de la pandemia del coronavirus de 2020, mediante acuerdo entre comunidades autónomas y el Gobierno Central— es una de las más atractivas, a nivel laboral e institucional, como comentamos en situaciones anteriores. Sin embargo, y hablando de razones, hay diferentes motivos por las cuales he estado pensando varias veces en dejar el proceso de las oposiciones a medias, y uno muy importante por el cual me gustaría luchar hasta el final.

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Claves para entender el éxito del Máster de Profesorado

¿Nunca os han dicho que quienes mejores viven en este país son los profesores? A simple vista, parece que tienen razón: vacaciones por doquier, una jornada laboral fija, un sueldo muy decente… Ver todas estas ventajas a tan solo un pequeño trámite de distancia es muy jugoso; sobre todo, teniendo en cuenta, que solo hay que hacer un máster que ahora mismo está siendo trending topic en la mente de mucha gente.

Pero para entender el éxito —al menos, en cifras— del Máster de Profesorado (que yo cursé en la promoción 2017-2018, y del que hablé hace ya bastante), hay que entender también que las personas que lo están haciendo no solo buscan ser profesores, sino que otros muchos solo quieren abrirse en otros campos y también por presión familiar, como hemos hablado en otros casos. Sin embargo, y a pesar de que todo está bastante claro, ¿de verdad vale la pena estudiar un máster solo para conseguir, al menos sobre el papel, un trabajo para toda la vida»?

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Mi experiencia como tutor de inglés online

Después de mi experiencia trabajando en academias, decidí que era el momento de apostar por otro tipo de formación. Aunque ser profesor de inglés era (y sigue siendo) mi objetivo final, tenía la sensación de que era el momento de cambiar de tercio, de darle una vuelta de tuerca y de encontrar algo que me motivara de nuevo. Y a finales de agosto, justo cuando todo se tornaba negro, encontré la solución (¿o debería decir que me encontró ella a mí?).

Casi de la nada, tenía una entrevista en una empresa de formación para trabajar como tutor de inglés. Trabajar como tutor de inglés no es algo nuevo para mí; de hecho, ya mencioné mi experiencia como especialista en la enseñanza online de idiomas en varias ocasiones, pero esta vez era muy diferente a toda la experiencia que había tenido con anterioridad.

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Volver a empezar

Después de un verano en el que el término «nueva normalidad» ha perdido casi su significado (de tanto usarlo, como diría la más grande) y con las pilas cargadas después de unas vacaciones —no sé si merecidas, pero sí necesarias—, volver a un sitio del que nunca me he ido del todo siempre es raro, pero siempre asoma el mismo sentimiento los 31 de agosto: empieza todo de nuevo.

Volver a empezar este curso va a ser un déjà vu bastante curioso: voy a volver a prácticamente todos los planes que me dejé en septiembre del año pasado, y a recuperarlos después de que este año imposibilitara, entre otras cosas, la celebración de las oposiciones para el cuerpo de Profesorado de Secundaria y Bachillerato en toda España; además, me gustaría seguir creciendo en el campo profesional, si bien sigo trabajando como tutor de inglés (y, de momento, todo va bastante bien).

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Mapas por explorar

Es un hecho que se repite todos los años: llega el calor, las ganas de pasar más tiempo desconectado y no delante de una pantalla, y también la sequía de ideas. Y, claro, llega también el parón consiguiente. Pero este año es diferente, por razones evidentes. De hecho, el año pasado dije que ese verano iba a ser el más extraño de mi vida. Bueno, sorpresas te da la vida: este es todavía más raro. Y no solo en el plano profesional: en lo personal también está siendo inusual, pero hasta puntos que ni siquiera me podría imaginar.

La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar, más allá de la situación que estamos viviendo todos y que no sabemos muy bien cómo va a acabar (o cuándo, que también es importante). Pero si comparamos todos los planes que os contaba en septiembre sobre este nuevo curso con los que se han producido o con los que tienen posibilidad de realizarse… pues nos quedamos con una lista de elementos bastante reducida.

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Teletrabajando, que es gerundio

En mitad de una pandemia, el mundo solo se puede parar para algunos. Entre los ERTE, los servicios esenciales y los problemas de algunos para decidir quiénes trabajaban y quiénes no, también otro concepto se convirtió en trending topic en muchas empresas: el trabajo remoto (o teletrabajo). Para muchos, trabajar desde casa era algo nuevo; para otros, sin embargo, sí que era un antiguo conocido.

Durante mis años de autónomo, trabajar desde casa era lo normal, a pesar de que una parte de mi trabajo lo hacía fuera de las cuatro paredes a las que llamaba hogar, entre las clases presenciales y la posibilidad de tener un espacio para trabajar con otros profesionales relacionados con mi campo. Pero teletrabajar no era algo que me resultara extraño, sino que, más bien, echaba de menos hacer un trabajo como el mío desde una localización diferente a una oficina.

Seamos sinceros: desde que empecé a trabajar como tutor de inglés, pensé que este trabajo era muy propenso a hacerse desde casa. Lo necesario, que era un buen ordenador y una buena conexión a Internet, ya lo tenía, por lo que solo quedaba la confianza de nuestros jefes y tambien que se diera la oportunidad de hacerlo para ver si, en realidad, era un trabajo por el que valía la pena trabajar desde casa.

Después de casi dos meses trabajando desde casa, podría decirse que he tenido el tiempo suficiente para ver qué ventajas y desventajas he tenido durante estas semanas, pero también veo el teletrabajo desde una retrospectiva objetiva como para ofrecer algunas medidas que nos podría hacer el trabajo más cómodo para todos una vez volvamos a la normalidad.

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Día del Libro: ideas para regalar(te) el mejor libro

En enero de 2020 me propuse varias cosas, y una de ellas era leer más. Si bien ya había intentado seguir diferentes formas de cumplir mis propósitos de Año Nuevo (sin éxito), este año, en el que estaba estudiando oposiciones, no parecía ser tampoco el escenario idóneo para introducir literatura más allá de la que tenía pendiente estudiarme en algunos temas.

Sin embargo, parece ser que estoy cumpliendo mi objetivo de leer, al menos (y de media, pues empecé tarde), un libro por mes, y la verdad es que estoy muy contento de haber retomado este hábito. Estoy tan contento que me he suscrito a Novelas Eternas, una lista de distribución de libros a bastante buen precio con mujeres como protagonistas y mayoritariamente escritas por mujeres, una oportunidad que no podía dejar escapar.

El Día del Libro ha cobrado una importancia mayor durante los últimos años tras la publicación de Diario de un futuro traductor, una recopilación de antiguos artículos y nuevas visiones de la traducción y de la interpretación de un chaval de 22 años que apenas sabía de la carrera profesional que tenía delante. Ahora mismo, aunque sigo considerando que es una obra de la que me siento orgulloso, considero que no me representa tanto como otros aspectos de mi vida que sí que he desarrollado después.

Precisamente con motivo del próximo Día del Libro, he decidido recopilar algunos libros, todos relacionados con la traducción, la interpretación, la enseñanza, los idiomas y —sorpresa— las oposiciones, para regalar(nos) el mejor libro.

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Ser traductor como (mi) trabajo de transición

No me gustaría darme cuenta de que estoy repitiendo historias cual abuelo demente, pero hoy toca hablar de algo que ya he mencionado con anterioridad, y es por qué elegí estudiar Traducción e Interpretación. Es curioso, porque con catorce años, cuando aún no sabía que quería dedicarme a los idiomas, mis opciones principales eran Magisterio y Psicología: la primera, es obvia; la segunda, todo lo contrario.

Siempre he sido mucho de admirar a la gente que se lo gana a mi alrededor, que cumple sus propósitos, que hace todo lo posible para ser mejor y hacer que los demás también lo seamos. No sé si es que yo he tenido mucha suerte, pero prácticamente la totalidad de la plantilla docente con la que me he topado durante todos mis años como estudiante ha sido maravillosa. Y quizás de ahí viene mi vocación de querer ser profesor, de querer dedicarme a enseñar lo que sé a las futuras generaciones.

La psicología, como dije, era una opción poco obvia. No me gustaban las ciencias, y tampoco se me daban especialmente bien, pero sí que me gustaba escuchar, descubrir, curiosear, sacar conclusiones y hacer crear un producto (un diagnóstico, en el caso de la carrera psicológica) que saliera de mi mente para poder mejorar la de los demás. Pero ambas opciones quedaron enterradas cuando llegó Traducción e Interpretación.

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