Razones por las que nunca he pedido cartas de recomendación (y una razón por las que las pediré a partir de ahora)

Estar en paro por primera vez en casi siete años me ha hecho darme cuenta de las prioridades de la vida, pero también en qué debo hacer a partir de ahora para no caer en cierto tipo de empleos que no me convienen. Ha llegado un momento de mi vida laboral que me ha hecho recapacitar sobre qué tipo de trabajo es el que quiero hacer, y del tipo de entornos en los que me gustaría ejercer de docente (o de algún puesto complementario a la educación).

Y aunque me prometí esperar un poco más y centrarme en otros aspectos de mi vida, he estado buscando ofertas de empleo en las que pudiera encajar. A veces, incluso me he postulado yo directamente a la empresa (o empresas). Y es aquí cuando llega el quid de la cuestión… ¿Hace falta que presente referencias? Pues depende de la empresa, pero también del puesto o, incluso, de la relación que tengas actualmente con las personas que te podrían referenciar.

La verdad es que yo nunca he tenido una especial afinidad a las cartas de recomendación, porque, al final, son documentos caducos que no muestran una situación real del candidato; especialmente, si hace mucho de esa referencia de algún jefe, superior o compañero. De hecho, la función de recomendación de redes como Linkedin me parece una buena representación de lo que digo: ¿de verdad es relevante ese comentario de un compañero con el que trabajaste hace siete años?

La cuestión es que es innegable que una buena referencia puede abrirte muchas puertas. Aunque no sea un ejemplo relacionado con el mundo laboral, una carta de recomendación propuesta por una profesora que me dio clases en el Máster de Profesorado hizo que mi perfil fuera interesante para que me admitieran en el Máster en las Tecnologías de la Información y Comunicación para el Tratamiento y Enseñanza de Lenguas en la UNED, lo que me hizo pensar que posiblemente haya que pedir referencias cuando las necesitemos, pero es que hay tantos inconvenientes que abruma el solo hecho de solicitarlas.

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Mi experiencia como técnico de formación

Trabajar como docente es mi pasión, y creo que lo he dejado claro más de una vez en este cuaderno de campo. Precisamente por eso me fue tan difícil —o, mejor dicho, le di tantas vueltas— aceptar un trabajo diferente, en el que, si bien mi conocimiento relacionado con la docencia era primordial, no era el punto principal del puesto.

Durante seis meses (desde febrero a agosto de 2021), trabajé como coordinador técnico de formación, un puesto que se creó debido a una gran alta carga de trabajo que había por un proyecto de una administración pública. En este puesto, mis funciones principales estaban relacionadas con la gestión de alumnado y del personal encargado de las formaciones para esta institución pero, también, ser el punto de unión entre el cliente y la empresa.

Está claro que un cambio de puesto como este también tenía unos cambios de tareas y de responsabilidades que se vieron reflejadas en mi día a día, y me gustaría plasmar en este registro lo que supuso ampliar mis horizontes y descubrir otro perfil que, como veremos, ya tenía ganas de probar.

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De profesión: nativo

Hace tiempo que me gustaría tener una conversación (o, más bien, exponer un caso concreto) en este diario de a bordo en el que cuento mis peripecias personales y profesionales que tiene que ver con el mundo laboral, y que veo que se ha extendido en las ofertas de trabajo a las que accedo últimamente en cualquier sitio web de búsqueda de empleo. Y sí, es la necesidad de ser nativo para cualquier trabajo relacionado con los idiomas.

Durante los últimos años, hemos vivido en una época de cambios en el plano laboral y profesional que hace posible que, sin una formación específica, muchas personas puedan trabajar en ciertos oficios sin que nadie actúe de forma activa contra ellos. El intrusismo laboral en ciertos campos relacionados con los idiomas, la traducción y la interpretación es algo que vivimos día a día como algo rutinario, cuando no debería ser así.

Y digo que no debería ser así no por una queja por una falta de oportunidades —es muy posible que aproveche este parón para hacer algo que me llene o que me llame la atención de nuevo—, sino porque ser nativo no significa ser buen profesional.
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Un septiembre diferente

Septiembre suele ser un mes que me motiva por los planes que empiezan y, sobre todo, por el trabajo que comienzo; sin embargo, este año va a ser muy diferente. Por primera vez en siete años, y desde que terminé la carrera de Traducción e Interpretación, allá por el 2014, estoy en paro. No es algo que me pillara por sorpresa, ya que conocía de antemano que se me terminaba el contrato en un mes tan difícil como agosto para encontrar trabajo como docente, pero, aun así, me siento raro.

De momento, tengo dos mentalidades, que se pelean entre sí y que también recoge mi tipo de personalidad: por un lado, tengo ganas de «aprovechar» que tengo prestación por desempleo, que será la primera vez que solicite, y me gustaría aprovechar este parón para cerrar frentes que estaban sin terminar, como el Máster en las Tecnologías de la Información y de la Comunicación en el Tratamiento y Enseñanza de Lenguas de la UNED; por otra, sin embargo, me encuentro en la necesidad de seguir trabajando, de seguir sintiéndome productivo, y, sobre todo, de seguir cumpliendo objetivos laborales y personales.

Sea como fuere, el primer paso está dado: si bien esto no es una situación que yo haya elegido, ya que jamás he estado en paro desde 2014, soy consciente de que necesito un cambio, de que necesito parar y de que necesito desconectar para reconectar con el camino que debo seguir. Como comentaré en artículos posteriores, y más adelante, llevo a cuestas una serie de ¿decepciones? laborales y personales que, quizás, me hayan hecho no disfrutar tanto de lo que hago, o cegarme con el fracaso, o, simplemente, han convertido lo que debería ser mi pasión en algo que no me llena.

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Todo sigue igual, todo está cambiando

Hace unas semanas que leí el título de un artículo que se llama, precisamente, como la publicación que estás leyendo. Hablaba sobre la política actual, pero yo no vengo a hablar de política, sino a hacer un poco de revisión de este curso que ha sido tan especial y tan complicado a partes iguales.

Desde septiembre, cuando volvía a empezar, como casi cada curso, decía que este curso iba a ser una revisión de todo lo que no pudo ser el año anterior, pero, como casi siempre, me equivocaba, ya que al final estos meses han ido por otros derroteros, debido a los cambios de planes, a las paradas para ¿descansar? y, sobre todo, por mi vida personal y profesional.

Actualmente estoy agradecidísimo de tener la posibilidad de seguir creciendo como profesional, y, de hecho, es algo que me está ayudando a darme la oportunidad de escribir de vez en cuando lo que me pasa por la cabeza, o lo que me gustaría que me hubieran dicho antes de tomar según qué decisiones o, simplemente, lo que va ocurriendo en mi vida, como forma de llevar un registro de las coordenadas en las que voy pisando, que, precisamente, fue el origen de crear este blog que ya inicié hace más de cinco años.

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Tenemos que hablar de los certificados de idiomas

Cuando uno es joven, siempre acaba siendo más atrevido de la cuenta, y dice cosas que quiere hacer y las que jamás se le pasaría por la cabeza; por poner un ejemplo, cuando empecé a estudiar Traducción e Interpretación y decidí probar cómo sería ser traductor (o intérprete), dije que jamás sería autónomo. Pues mira, fui autónomo durante casi tres años y medio. Cuando estudié el Máster de Profesorado, también me prometí que las oposiciones no estaban hechas para mí y que no perdería mi tiempo en ellas. Spoiler: llevo dos años preparándolas.

Con los certificados de idiomas me ha pasado una cosa parecida. Siendo traductor, nunca me habían solicitado ningún tipo de certificado que pusiera de manifiesto el nivel de idiomas con el que contaba, ya que se daba por hecho que mi nivel en inglés, por poner un ejemplo, era alto, ya que cuento con un Grado en Traducción e Interpretación y, además, también tengo experiencia previa en campos relacionados con los idiomas (como la misma traducción, la corrección o la redacción). Tampoco se me había solicitado demostrar mi destreza con el inglés en puestos relacionados con la formación, ya que con mis estudios era suficiente.

Sin embargo, una vez empiezas una carrera tan importante como la de opositar, te das cuenta de que hay muchos pasos que podrías haber dado con anterioridad que actualmente no tienes a tu favor, y que muchos otros competidores han avanzado hacia la obtención de méritos que actualmente no posees, como, precisamente, haberse presentado a certificados de idiomas. Pero ¿es obligatorio hacer exámenes solo para rascar algún punto? ¿La obtención de estos títulos es para todo el mundo? ¿De verdad te diferencia tantísimo tener un certificado o no? Pues la respuesta, como buen traductor, es «depende».

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Las cinco fases del opositor

Siempre dicen que la vida empieza cuando termina nuestra zona de confort. Ya he dicho en más de una ocasión que trabajar como traductor (o como camarero, o como cualquier otro trabajo que no fuera profesor de inglés) era, en cierto modo, la opción más fácil para mí, aunque conseguir trabajo en esta industria sea algo difícil (que no imposible), pero decidí salir de la rutina en 2017 y he de decir que ha sido una de las mejores ideas que he tomado en mi vida.

La cosa es que ahora que este proceso de oposiciones está acabando y la fecha del examen se va acercando me he dado cuenta de que los opositores pasamos por diferentes fases desde el principio del curso a la fecha de la convocatoria, y no todas son agradables, ni bonitas ni, mucho menos, fáciles. La idea de que unas oposiciones son el camino fácil o que cualquiera puede o debe opositar tiene que acabar, no solo porque no es verdad, sino porque tampoco es sano presionar a nadie para que pase por un proceso que no le llena.

Sea como fuere, y después de mucho darle vueltas a la cabeza sobre el tema, he diferenciado cinco fases por las que he ido pasando durante estos últimos meses, y también algunos compañeros con los que comparto objetivos a nivel profesional.

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El año que nos cambió

Posiblemente haya tenido que reescribir estas líneas unas ¿7, 8? veces porque no me creía lo que estaba escribiendo. Algunas veces era demasiado políticamente correcto; otras, sin embargo, demasiado pesimista. Y es el que el 2020 ha dejado una sensación de haber pasado rápido, de haber pasado como una tormenta que lo deja todo alborotado, pero también de haber pasado casi de puntillas debido al confinamiento, primero, y las restricciones, después.

A pesar de todo, debo decir que el 2020 me ha dejado momentos muy buenos, tanto en el nivel personal como el laboral, y también debo decir que, por (muchísima) suerte, podremos recordar el 2020 como ese año que nos cambió, y, en la mayor parte, hacia una posición mucho más favorable.

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Razones por las que dejaría de opositar (y una por la que llegaré hasta el final)

Después de pasar por la experiencia de ser autónomo, y también de trabajar con academias y otros tipos de formación, llegó a mi mente la idea de querer ser profesor. Pero ser profesor de Secundaria no es algo fácil, y ya hemos comprobado que hay que realizar, como mínimo, una inversión de tiempo y dinero para estudiar el Máster de Profesorado, que está siendo un éxito a nivel nacional.

Las razones son varias, pero creo que la de ser habilitante —al menos, hasta antes de la pandemia del coronavirus de 2020, mediante acuerdo entre comunidades autónomas y el Gobierno Central— es una de las más atractivas, a nivel laboral e institucional, como comentamos en situaciones anteriores. Sin embargo, y hablando de razones, hay diferentes motivos por las cuales he estado pensando varias veces en dejar el proceso de las oposiciones a medias, y uno muy importante por el cual me gustaría luchar hasta el final.

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Claves para entender el éxito del Máster de Profesorado

¿Nunca os han dicho que quienes mejores viven en este país son los profesores? A simple vista, parece que tienen razón: vacaciones por doquier, una jornada laboral fija, un sueldo muy decente… Ver todas estas ventajas a tan solo un pequeño trámite de distancia es muy jugoso; sobre todo, teniendo en cuenta, que solo hay que hacer un máster que ahora mismo está siendo trending topic en la mente de mucha gente.

Pero para entender el éxito —al menos, en cifras— del Máster de Profesorado (que yo cursé en la promoción 2017-2018, y del que hablé hace ya bastante), hay que entender también que las personas que lo están haciendo no solo buscan ser profesores, sino que otros muchos solo quieren abrirse en otros campos y también por presión familiar, como hemos hablado en otros casos. Sin embargo, y a pesar de que todo está bastante claro, ¿de verdad vale la pena estudiar un máster solo para conseguir, al menos sobre el papel, un trabajo para toda la vida»?

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