Cuando la vocación ya no lo es todo


A estas alturas de la vida, todos debemos tener en cuenta que ser profesor es más que un trabajo; de hecho, para mí es una disciplina basada en la vocación, en la entrega constante a los demás. Es una tarea en la que ponemos nuestro conocimiento, nuestra paciencia y muchas veces, hasta nuestra propia identidad a disposición de todo el que la necesita. Pero ¿qué pasa cuando esa vocación se ve zarandeada una y otra vez por la realidad? ¿Qué pasa cuando esa pasión se encuentra con condiciones laborales complicadas, una falta de reconocimiento insultante o, simplemente, con la burocracia? Pues que pasa lo que pasa: que el desánimo empieza a ganar terreno. Y es algo que quiero compartir en este diario de a bordo en el que llevo diez años contando y compartiendo experiencias.

No es un tema que hable con muchos compañeros de profesión, pero entiendo que, como en el sector de la traducción, cada vez hay más profesionales que sienten que la labor que hacen día a día no está bien valorada. Actualmente, y debido, en parte, al consumo de las redes sociales, tanto alumnos como profesores exigimos resultados inmediatos, eficacia y eficiencia a toda costa. Y hay que recordar una cosa, tal como he comentado en más de una ocasión: el aprendizaje es un proceso lento, humano y completo, y se tienen que tener en cuenta muchos de estos factores a la hora de ponerse delante de una clase.

En muchas empresas y entornos dedicados a la enseñanza, las meras métricas (número de alumnos aprobados, notas en encuestas anónimas o el simple miedo a una mala reseña) han sustituido a la calidad, y la presión por cumplir ciertos objetivos numéricos nos alejan a los docentes, en ciertas ocasiones, del propósito real y auténtico de nuestra profesión, que es enseñar. Me parece que existe una desconexión entre lo que sabemos que debería ser la enseñanza y lo que realmente ocurre en los ambientes educativos. Siento que es una frustración que comparto con un gran número de personas dedicadas a la enseñanza: valorar más un porcentaje de contenido visualizado en plataformas que una mejoría en el nivel, un buen comentario o, simplemente, un alumnado contento me parece que nos aleja de lo que debería ser la educación, sea formal o no reglada.

A esto se suma la inestabilidad laboral. En muchos casos, ser profesor significa encadenar contratos temporales, cambiar de empresa constantemente o aceptar condiciones precarias para poder seguir trabajando. La pasión por la enseñanza choca con la necesidad de estabilidad económica, y no es raro ver a profesionales cualificados planteándose abandonar la docencia simplemente porque no pueden permitirse seguir en ella. La vocación puede ser fuerte, pero no paga las facturas.

Otro de los grandes problemas es la carga burocrática. Lo que debería ser tiempo de preparación de clases, innovación pedagógica o incluso descanso casual entre tareas, se convierte en interminables informes, reuniones y papeleo administrativo. La enseñanza deja de ser el centro de las tareas, y se convierte en un laberinto de exigencias que desgastan a los docentes. En lugar de centrarnos en mejorar la experiencia de aprendizaje de los estudiantes, nos encontramos rellenando formularios que poco tienen que ver con la realidad del aula.

A pesar de todo, para muchos de nosotros, enseñar sigue siendo lo único que queremos hacer. Es una contradicción constante: nos sentimos desmotivados, agotados y, en ocasiones, sin esperanzas, pero seguimos adelante porque sabemos que lo que hacemos importa. Hay momentos que nos recuerdan por qué elegimos esta profesión: una clase que sale bien, un estudiante que nos agradece el esfuerzo o una pequeña victoria en el aprendizaje de alguien. Esos pequeños triunfos son los que, para mí, hacen que todo esto siga valiendo la pena.

¿Qué se puede hacer? Es necesario replantear el enfoque de la enseñanza, mejorar las condiciones laborales y devolverle a la docencia el respeto que merece. Pero, mientras tanto, los que seguimos en este negocio (porque sí, es un negocio) tenemos que recordar que la enseñanza sigue siendo una profesión esencial, que necesita que cuidemos de quienes la ejercen.

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