Entre la burrocracia y la titulitis

Durante mi época como técnico de formación, en la que una de mis labores era coordinar el equipo de tutorización y los cursos que tenían asignados, me di cuenta de una cosa que luego he podido comprobar en otros entornos: España está enferma. ¿Diagnóstico? Titulitis aguda. ¿Síntomas? Exigencia de unos títulos determinados para ejercer puestos no cualificados.

Y digo que está enferma porque hay ciertos puestos para los que la formación (o, mejor dicho, cierta formación) no es tan importante. Conozco a personas que han trabajado en puestos similares a los que gestioné que no tenían una formación específica o relacionada con el puesto de tutor, pero que sí que tenían otros factores que eran importantes para llevar a cabo el trabajo de forma solvente, como la experiencia profesional o certificados de idiomas.

En este caso, todos los candidatos que podrían llegar a formar parte de este proyecto tenían que tener una serie de formación relacionada con los idiomas bastante alta o ser nativos (aunque ya sabemos que no siempre funciona correctamente), además de tener formación específica relacionada con la docencia. Al final, era un aspecto burocrático más (o «burrocrático», como decía yo) que nos restaba tiempo a las personas que estábamos detrás del proyecto en búsqueda de personal, que nos podía sorprender en los días previos a los inicios de las formaciones y que nos podía, incluso, tumbar grupos enteros de alumnos que estaban esperando pacientemente su formación. La pregunta es: ¿es necesario este filtro tan exhaustivo y exigente para personas que pueden hacer perfectamente su labor sin tener un título específico?

La respuesta es que depende. Según mi experiencia como técnico, yo habría sido flexible con según qué perfiles para los proyectos que yo gestionaba. Había personas con perfiles muy interesantes y que estoy seguro que habrían hecho un trabajo bastante bueno, pero que no reunían todas las características exigidas por el cliente, por lo que, directamente, se convertían en personas no aptas para ofrecer estos cursos; por otro lado, había gente que sí que daba el perfil según el contrato, pero que, si se les hubiera dado la oportunidad, nos habrían dado más de un dolor de cabeza para llevar la formación.

En otras ocasiones, yo he sido el damnificado. Cumplía todos los requisitos para una oferta concreta de trabajo, para la cual habría sido un candidato perfecto, según el técnico de Recursos Humanos que me atendió, pero resultó que mi experiencia profesional en un puesto de docente no llegaba a 5 años… por cuatro meses. ¿Me estás diciendo que cuatro meses más o menos son motivo suficiente como para echar para atrás un perfil que, según tú, sería idóneo para tu empresa? No lo llego a comprender.

Mi reflexión, en este caso, es que nos han machacado mucho con que la formación académica, ya sea la «principal» o la complementaria, nos abren muchas puertas, pero, a veces, incluso convencidos de que tenemos un perfil genial, nos cierran muchas otras. Y teniendo todo esto en cuenta, y ahora que hay pocas ofertas relacionadas con la docencia, sería interesante volver a abrir según qué ventanas para dejar que entre el aire fresco con una nueva oferta de trabajo.

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