El cuenco del curry | Chispas de dopamina

«No soy una zorra de un momento,
Soy el laberinto del que no puedes salir »
(‘Dios es un stalker’, de @rosalia.vt)

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A veces, mi mente como lingüista me supera y me pongo a pensar en que, para algunos, no somos más que un simple objeto, que no pasamos de un mero elemento adicional en las oraciones de la vida, a pesar de que valemos como sujeto. Pero la sintaxis es caprichosa y al final acabamos ejerciendo de complemento circunstancial.

¿Y qué pasa con la vida real? En ciertas ocasiones, hacemos lo mismo con ciertos objetos; en mi caso, tengo un cuenco en el que solo tomo el curry que cocino cada semana. Todos los domingos (o los que me apetece, no voy a mentir), preparo una olla de curry que voy comiéndome a lo largo de la semana. Siempre uso el mismo cuenco, por mera costumbre y también por no manchar otro plato del tinte amarillento propio de la especia.

Pero ¿y si aceptara que ese cuenco también vale para comer sopa? ¿O para guardar los huesos de las aceitunas? ¿Y si se convirtiera en el hogar de un plato de garbanzos? Hay que aceptar que, aunque a veces uno intenta hacerlo todo lo mejor posible, nos equivocamos más de lo que creemos. Tratar a los demás simplemente como lo que nos conviene a nosotros nunca es, y nunca mejor dicho, plato de buen agrado.

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