Conexiones | Capítulo 17: Incendios

Ese lunes tenía pocas cosas que hacer, pero me desperté muy temprano, casi por impulso. El lunes después del fin de semana con Alonso me supo a una broma de mal gusto, pero, a la vez, estaba muy emocionado después de haber pasado esos dos días con él. Aún sentía las mariposas en el estómago, el calor de su abrazo y el placer que me dio tener sexo con él. Todo me parecía tan tierno como interesante. Quería saber más de él, quería estar más con él. Sin embargo, hubo algo que llamó mi atención y me produjo malestar.

Las llamadas de Maca, que el día anterior me habían parecido una nimiedad, empezaron a pesarme como si tuviera un gran yunque alrededor del cuello. Decidí no llamarle, ya que era demasiado temprano, así que abrí el WhatsApp. Vi una ristra de mensajes que no supe encajar. «Papá está en el hospital, llámame cuando veas esto». «Me he cogido un tren, llámame, porfa». «Pinta fatal, Martín. ¿Vas a volver para despedirte?». «Martín, sigo en el hospital. ¿Vas a venir o te quedas en Madrid?». «¿Dónde cojones te metes, Martín? Te he llamado como 20 veces, tío». «Martín, papá ha muerto».

Leí la conversación una vez. No podía ser verdad. Volví a leer los mensajes, como si estuviera buscando alguno que dijera que todo era una broma pesada. No podía procesar lo que veía en la pantalla. Mi padre, con quien había tenido una relación tan complicada y distante, ya no estaba. Me abrumó la sensación de culpa. Había estado tan ausente en mi burbuja de fantasía que no había hecho caso a la realidad.

Decidí llamar a Maca de inmediato. El tono de llamada me pareció eterno, pero respondió la llamada. Parecía estar llorando.

—Hombre, si te has dignado a aparecer…

—Maca, lo siento… —comencé, pero ella me interrumpió, con la voz temblándole por la rabia y el dolor.

—¿Que lo sientes? ¡¿Que lo sientes, Martín?! —gritó—. Papá está muerto y tú estabas desaparecido. He pasado dos días horribles y tú ni siquiera te molestaste en responder mis llamadas.

—No hay justificación. No vi que me habías llamado hasta el domingo. Estaba con Alonso, el chico del que te hablé…

Que estuviera con un absoluto desconocido le molestó todavía más. Al fin y al cabo, Alonso era una nueva introducción en mi vida.

—No me jodas, tío —me cortó, ahora hablando con un tono sarcástico—. Es que no sé qué me esperaba. Está claro que todo gira alrededor de ti. Mientras papá se moría, mientras yo estaba aquí sola, haciendo lo que tienen que hacer los hijos, que es estar al lado de sus padres, tú estabas pasando un finde romántico. Es que es increíble.

—Maca, por favor, no es así…

—Que te dejes de excusas de mierda, tío —chilló—. Sabías perfectamente que iba a pasar algo así, pero decidiste ignorarlo porque era lo que te convenía. Has demostrado ser muy egoísta.

Intenté calmarla con mis palabras, pero cada vez que lo intentaba, parecía echar más leña a un fuego que ya estaba bastante encendido.

—Maca, necesitaba volver a tener ganas de vivir… —dije, con la voz en un susurro.

—Y ahora vienes con las ganas de vivir, después de lo que pasó. Lo haces para que me ablande y no te diga lo que pienso, ¿verdad? —bramó, con una firmeza que no había oído antes en su voz—. Estás siempre pensando en ti mismo. No sé si vas a venir a casa, pero no quiero ni verte.

Maca colgó el teléfono. Noté cómo las lágrimas rodaban por todo mi rostro. En ese momento, me di cuenta de que no solo había perdido a mi padre, sino que también había perdido a mi hermana. Sentí un vacío en el estómago, mientras dejaba caer el teléfono. Me senté en silencio, con los recuerdos y las emociones saliendo a borbotones.

Empecé a autoflagelarme, como había hecho en otros momentos de mi vida. Sentí rabia, culpa y dolor por haber sido un mal hermano, tener un padre ausente y acabar teniendo esta configuración con las relaciones, con cómo me trataba y con cómo me intentaba poner frente al resto del mundo.

Los días posteriores fueron un torbellino de emociones. Llegué a casa a tiempo para la misa y el entierro posterior, en el que un desfile de personas que no conocía de nada me daban el pésame por la muerte de mi padre. «Qué pena, con lo bueno que era», me dijo una mujer que parecía extremadamente afectada por la muerte. Estaba claro que el hombre que conocía ella y el padre que tuve yo no eran la misma persona.

Le dejé todo el espacio que pude a Maca. Parecía muy triste por todo lo sucedido, pero se le notaba enfadada. Era normal. Necesitaba tiempo para procesar todo, pero la distancia entre ella y yo me dolía mucho más de lo que esperaba. Aun sabiendo que requería de un momento de reflexión, del que ahora carecía, quería ir a abrazarla y pasar este duelo juntos.

Mi madre, que ya llevaba divorciada un tiempo de mi padre, estuvo con nosotros, ayudándonos a digerir el momento. Fue un apoyo que hizo que la situación fuera un poco menos incómoda, pero a ella también se le notaba tirante conmigo. Era normal. No lo había hecho bien pero, a la vez, sentía que Maca tenía razón: era una persona egoísta. ¿Por qué? Porque, en realidad, creo que no me habría gustado ir a despedirme de mi padre. Mi padre se despidió de mi vida cuando me peleé con él, ¿para qué volver a abrir cajones que ya estaban cerrados?

Sin embargo, sí que le había fallado a Maca. Y eso sí que no me lo podía perdonar. Volvimos a casa, con la sensación de cansancio, de agotamiento y también de pérdida. Al fin y al cabo, todos habíamos perdido algo aquel día. Lo que representara para cada uno, evidentemente, era distinto, pero a todos nos faltaba algo. A mí, por ejemplo, me faltaba mi antagonista.

Me tumbé en la cama. En el cuarto de al lado, oí cómo Maca se acomodaba. Me sentía tan extraño y, a la vez, en un ambiente tan familiar. Todo me daba vueltas. Me levanté y me dirigí al dormitorio de Maca. Toqué en la puerta y entré, sin esperar a que me diera luz verde, con miedo a que supiera que era yo y no quisiera hablar conmigo.

—¿Cómo estás? —le pregunté, como si no supiera que estaba destrozada.

—Ahora no es el momento, Martín.

—Joder, Maca. La he cagado, pero ¿de verdad es para tanto?

—¿Que si es para tanto? —replicó Maca—. Joder, Martín, pues claro que es para tanto. Me has dejado sola con la muerte de papá…

—Ya sabes que no estábamos en nuestro mejor momento.

—¡Pero que no es por él! ¡Que es por mí! ¡Que me has dejado sola A MÍ! —Maca levantó la voz.

Me recordó tanto a mi padre. Tenía la misma cara desencajada pero, mientras que mi padre la tenía por la rabia, ella la tenía así por el dolor y la decepción.

—Tienes razón, y te pido perdón, pero…

—No hay peros, Martín. Entiendo que quieras pensar en ti, pero es que solo piensas en ti —Maca me miró directamente a los ojos mientras me reñía—. ¿Hace cuanto que no nos vemos? ¡Que vivimos en la misma ciudad!

—He estado ocup…

—¿Y te crees que yo no? ¡Me cago en la puta!

—Maca, ya vale, por favor —respondí, empezando a llorar—.

—Me has decepcionado. Es verdad que querías empezar de nuevo en Madrid, pero no imaginaba, ni por un momento, que me ibas a dejar atrás.

Maca también estaba llorando. De nuevo, invadida más por la ansiedad que por la tristeza, por la decepción más que por el enfado. Me di la vuelta y salí del dormitorio. Lo ideal habría sido que hubiera ido a mi cuarto, pero decidí salir a la calle.

Empezó a llover, pero me dio igual. Estuve caminando por el barrio de mi infancia. Todo me parecía tan pequeño y tan banal. No sé si porque estaba acostumbrado a Madrid o porque, con la muerte de mi padre, me había quedado sin propósito. Sí, se había muerto mi padre, pero para mí había desaparecido la maldita trinidad: mi padre, mi antagonista y la causa de mis traumas. Era como si hubiera desaparecido todo el ruido del mundo de repente.

Volví a casa, empapado. Decidí que quedarme en casa ya no era una opción. Le escribí un mensaje a mi madre y a Maca, que estaban durmiendo en ese momento, despidiéndome y diciéndoles que hablaríamos pronto. Les mostré cuánto lo sentía con mis palabras, aunque no las creyeran y me dirigí a la estación.

Al llegar a Atocha, Madrid me recibió con su ajetreo característico, como si no hubiera pasado nada. Sentía una mezcla de ansiedad y ganas de llorar cuando me dirigí a casa. Pensé en Alonso. Habíamos hablado muy poco por teléfono, pero no había tenido ni ganas ni tiempo de charlar con él. Le comenté que me había cogido un tren porque la situación era insostenible en casa.

Quedaban apenas 200 metros cuando vi una figura alta frente a mi portal. No me podía creer que Alonso se hubiera presentado en mi casa. Aceleré el paso para encontrarme con él. Nos dimos un beso en los labios y nos fundimos en un abrazo. Una vez sentí cómo me rodeaban sus brazos con fuerza, empecé a llorar. Alonso me tranquilizó, con una mezcla de tristeza y empatía.

—Lo siento mucho, Martín —dijo suavemente—. Tiene que haber sido muy jodido para ti.

Nos quedamos así, abrazados, durante un momento que me pareció eterno. Estaba a gusto con el calor de su cuerpo junto al mío: era justo lo que necesitaba. Subimos a mi casa y me metí en la cama. No podía más. Él me deshizo la maleta y se tumbó a mi lado, acurrucado junto a mí.

Esa noche sentí una paz que no había sentido en mucho tiempo, que creía que podía sentir en casa, junto a los míos, pero que sería imposible durante un tiempo por mi culpa. Sabía que las cosas no iban a ser fáciles, pero con la ilusión de tener a Alonso a mi lado, sentía que podía enfrentarme a lo que viniera.

CONEXIONES | Capítulo 18: Las arrugas de mis sábanas

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