Un traductor tras la barra

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Cuando estaba a solo unos meses de terminar la carrera, me di cuenta de que, aunque ya había trabajado como traductor con anterioridad, aún no tenía ningún tipo de contacto para cuando dejara de ser estudiante y así introducirme en el mundo laboral. Intenté que la solución fuera un plan de choque: esa misma semana recopilé información sobre unas 50 agencias repartidas por Málaga, Madrid y Barcelona y contacté con ellas. Y la cosa no terminó ahí.

Durante meses inundé las bandejas de entrada de empresas de la provincia, relacionadas o no con la traducción, además de algún que otro colegio privado que necesitaran profesores de inglés para alguna sustitución o para alguna incorporación de última hora. Sin embargo, quien me abrió la puerta del mundo laboral fue un antiguo conocido. Me ofrecía un puesto que, si bien no estaba relacionado con la traducción, necesitaba de mis conocimientos lingüísticos y culturales, además de una persona lo suficientemente responsable como para formar parte de un negocio como el suyo. El puesto era de camarero y la verdad es que fue nada de lo que me esperaba.

Al principio me lo pensé bastante: no solo era un negocio que no me llamaba demasiado la atención (no me gusta salir ni la noche en general), sino que sabía que los horarios no iban a ser precisamente compatibles con el resto de mis proyectos y porque, lo más importante, jamás había puesto una copa. La formación por parte de mis compañeros fue excelente y, poco a poco, le fui cogiendo el truco y cada vez me iba sintiendo más cómodo.

Pero los meses fueron pasando y los horarios cada vez se me hacían más pesados. Además, empecé a trabajar en una academia varios días a la semana y me estaba empezando a dar cuenta de que lo mío era algo diferente a lo que estaba haciendo (poner copas, vivir de noche, dormir de día, etc.). Al final decidí darle prioridad a mi profesión como lingüista y dejar los bares para empezar a buscar clientes a los que ofrecerle mis servicios. Al final, por razones personales, tuve que volver a trabajar de noche durante unas semanas más, pero, esta vez, con un obstáculo más: lidiar con el lingüista que trabajaba de mañana y el camarero que ponía copas por las noches, además de hacer otras labores.

Ahora que ya no trabajo como camarero, miro esa experiencia desde otro punto de vista, desde uno bastante diferente al que tenía cuando lo dejé: «esta experiencia no ha valido para nada». Sin embargo, ahora puedo decir que fue una de las experiencias laborales de las que más aprendí por varias razones:

  • Una de las más importantes para mí es que aprendí una profesión nueva. Desde que soy traductor autónomo he trabajado en varios proyectos a corto, a medio y a largo plazo, pero nunca se sabe qué nos puede pasar en el futuro y si necesitamos tirar de lo que haya en el momento. Agradezco enormemente el poder haber aprendido una nueva profesión y haberme sentido cómodo en un ambiente en el que, de primeras, rechazaba muchísimo.
  • En principio, podemos pensar que un bar es lo que menos tiene que ver con la traducción (como actividad profesional). No obstante, en esas cuatro paredes pude aplicar conocimientos lingüístico-culturales que había ido aprendiendo a lo largo de la carrera o que había tenido que aprender en otros momentos de mi vida. Por ejemplo, el uso de ciertos gestos en España que pueden parecer inofensivos e idóneos para pedir dos copas pueden marcar la diferencia entre un simple gesto y un insulto en culturas como la británica.
The act of using only the middle and index fingers, while bending the other fingers at the second knuckle, and with the palm facing the signer mean

Levantar los dedos índice y corazón tiene connotaciones despectivas en Reino Unido.

  • También percibí que, especialmente a los británicos, no les hacía gracia que les pidieras qué iban a beber de la misma manera que a un español: mientras que a un local le puedes decir «¿Qué quieres beber?» al sentarse en la barra sin que se extrañen, decirle «What do you want to drink?» a un extranjero sin antes haber mantenido una pequeña conversación de calentamiento les parece algo bastante brusco. Contar con los suficientes conocimientos del inglés coloquial me valió alguna que otra propina.
  • Tuve la oportunidad de practicar con hablantes nativos de todo el mundo. Mi principal lengua de trabajo es el inglés (aunque también me formé en italiano y alemán, pero eso es otra historia) y también es el idioma que usa todo el mundo para hacerse entender. También pude hablar con gente real, que habla sin filtro de formalidad ninguno, no como en la escuela, en la universidad o en nuestro propio negocio como autónomos, en los que las situaciones en las que nos piden usar nuestro repertorio lingüístico implica algún nivel de seriedad (ante un profesor, ante nuestros compañeros o ante un cliente). Mantener una conversación distendida no solo ayudaba al negocio, ya que el cliente estaba cómodo y se quedaba, sino que también me ayudaba a mí a explotar otro perfil que no había descubierto.
  • Aprendí a gestionar mi tiempo y mi trabajo de una forma muchísimo más centrada en el multitasking, algo a lo que los traductores estamos más que acostumbrados. Durante el verano, una de las épocas más estresantes y en las que más trabajo hay, un camarero tiene que estar atento a todo: no solo tiene que poner copas, sino saber qué queda pendiente por cobrar y por servir, además de tener otras responsabilidades dentro de un entorno de trabajo como es una barra, como es la limpieza de esta, poner música entretenida para que los clientes se sientan cómodos, etc.
  • Una de las cosas que más me llamó la atención durante los meses en los que estuve trabajando como camarero es la cantidad de profesionales de los idiomas que conocí: no solo contacté con varios traductores y profesores de idiomas, sino que alguno incluso había comprado mi libro Diario de un futuro traductor. El mundo es un pañuelo.
  • Cuando la gente va a los bares, normalmente va a hablar de manera distendida, de cosas sin importancia. Y cuando hay gente que va sola, el camarero es el único receptor de la conversación posible. En esas conversaciones también encontré ocasión de mencionar mi verdadera profesión, que es la de la traducción, y muchos se interesaron por el trasvase de palabras, de sentidos y de culturas que hacíamos los traductores. Con algunos, de hecho, incluso negocié para colaboraciones futuras.

También tuve que enfrentarme a varios obstáculos, como el hecho del desdoblamiento de horarios que comentaba anteriormente y las ganas de priorizar siempre mi carrera como lingüista, pero, ahora que todo ha terminado, miro esta experiencia con cariño por todo lo que aprendí y por todo lo que me ha ayudado a seguir con mis demás proyectos. Espero recordar este viaje con muchísimo cariño y saber que estas coordenadas han servido para algo.

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