
El verano siempre es una época confusa. Si bien todo el mundo normalmente coge vacaciones durante estos meses, para mí suele ser un todo o nada: demasiado trabajo o pasarlo mal por no poder facturar lo suficiente. Este parece ser que va a ser uno de los segundos.
Durante los últimos meses me he encontrado en una situación profesional bastante complicada. La carga de trabajo ha sido prácticamente nula, algunos proyectos han llegado a su fin y las oportunidades laborales, que normalmente llueven a estas alturas del año, no siempre aparecen cuando se les necesita. Quienes trabajamos por proyectos, enlazando cursos, colaboraciones o, simplemente, encargos, sabemos que existen etapas de abundancia y etapas de incertidumbre. Pues precisamente esa última palabra, incertidumbre, sea la que mejor define mi situación actual.
Es raro el día que no invierta la mitad de mi jornada en intentar buscar nuevas oportunidades laborales. Algunas pasan por enviar formularios imposibles a través de páginas poco optimizadas; otras, colaboraciones que puedan surgir; y, por último, algún que otro cliente potencial que contacta conmigo. Precisamente, al ver que nada se cierra, he decidido montar cursos intensivos de verano a través de mi marca Campus Tícher. Son una forma de seguir haciendo lo que más me gusta, que es enseñar, mientras exploro nuevos caminos para el próximo curso.


Precisamente esta marca nace a partir de otro proyecto, Tícher Tícher, que ha ido creciendo poco a poco y que, aunque aún está dando sus primeros pasos, me ha permitido experimentar con nuevas formas de comunicar, compartir experiencias docentes y acercarme a la enseñanza desde otra perspectiva diferente. Todavía es pronto para contar toda su historia, así que supongo que para diciembre, cuando se haya cumplido el año, considere adecuado hacer balance y explicar con calma qué ha significado para mí. Pero ya puedo decir que se ha convertido en una de esas pequeñas aventuras que aparecen cuando uno decide probar algo distinto.

Tampoco he dejado de escribir… La escritura sigue siendo uno de esos lugares a los que sé que puedo regresar cuando necesito ordenar ideas. Durante estos meses, he continuado con Chispas de dopamina, una colección de textos nacidos a partir de preguntas, experiencias y el día a día, a fin de cuentas. Pero, por otro lado, avanzo en lo que podría ser mi segunda novela. Aún es demasiado pronto para contar de qué se trata, pero estoy aprendiendo a convivir con personajes, escenas y emociones durante más tiempo del que creí en un primer momento.
La cuestión es que, por mucho o poco que se trabaje, llega el verano y precisamente lo solemos entender como una pausa, como un descanso. Una excusa para desconectar y cargar pilas, pero, en mi caso, lo veo de otra manera. Es una excusa para reconstruirse.
En la reconstrucción, uno no empieza de cero, sino que aprovecha lo que ya tiene, lo que ha aprendido, para preparar el terreno y esperar lo que está por venir. Igual que un campo necesita su barbecho para recuperarse después de una cosecha, a veces también necesitamos este tipo de situaciones para parar, mirar bien hacia dónde vamos y decidir si el camino que estamos eligiendo es el correcto.
Sinceramente, no sé qué me depararán los próximos meses. Seguiré buscando oportunidades donde sea, creando proyectos, escribiendo historias y, si todo sigue en pie, poder compartirlas por aquí. Al fin y al cabo, Coordenadas, mi queridísimo blog, ha tratado siempre de eso: de intentar orientarse incluso cuando el camino no ha estado del todo claro.