Pongamos que hablo de traducción

El 30 de septiembre se celebra San Jerónimo, patrón de los traductores, y muchos de nosotros —sí, sigo siendo traductor— aprovechamos este día para hablar de ciertos aspectos de la traducción que nos gusten, que nos apasionen o, en algunos casos, que nos sorprendan. Y, aprovechando mi posición de «lejanía» en cuanto a la profesión se refiere, me gustaría hacer una reflexión acerca de mi cambio de visión sobre la profesión.

La traducción, el eje de mi vida personal y profesional
Ya lo he repetido hasta la saciedad, así que os haré un pequeño resumen: yo siempre quise ser profesor de inglés, pero también era muy pragmático, y descubrí Traducción e Interpretación, que reunía diferentes componentes que me gustaría añadir a mi carrera profesional (idiomas, aplicación práctica de contenidos, flexibilidad y subjetividad). Después de la carrera, decido embarcarme en el mundo de los autónomos y acabo traduciendo durante más de dos años y medio… hasta que se apagó la llama.

Dicen que la cabra siempre tira hacia al monte, y en 2017 decidí hacer lo que debería haber hecho hacía mucho tiempo: empezar el Máster de Profesorado y apostar muy fuertemente por mi carrera como docente. Este año estoy empezando con las oposiciones para profesor de Secundaria y… bueno, el resto ya se verá.

La cuestión es que, aunque ya no ejerza como traductor, la traducción sigue siendo uno de los ejes más importantes de mi vida personal y de mi carrera profesional. Es la base de todos mis conocimientos y a través de la cual se ha ido ordenando el resto de la formación que he ido recibiendo. Y aunque esté aplicando, en este caso, los conocimientos a otro campo —el de la docencia—, en la traducción siempre me sentiré como en casa. Algo nada raro, ya que los traductores tenemos fama de generosos. Quién lo diría teniendo en cuenta algunos comentarios que nos dejan como unos elitistas…

Revisión y reflexión sobre la carrera del traductor
La cosa es que hay un punto al que hay que volver cada 30 de septiembre, y es al principio de todo. Hace nueve años (¡joder, cómo pasa el tiempo!) estaba a punto de empezar la carrera, y hace cinco estaba terminando mi trabajo de fin de grado sobre la traducción publicitaria. En 2020 hará también cinco años desde que empecé mi carrera como traductor autónomo, pero ¿es mi opinión la misma que cuando empecé la carrera, que cuando la terminé o que cuando empecé a ser autónomo?

La carrera de traductor es una carrera muy sacrificada, puesto que hacerse con un hueco en el mercado de la traducción para que sea tu único modo de vida es algo que muy pocos tienen la (digámoslo claro) paciencia para conseguirlo. La traducción es un trabajo al que hay que mimar mucho y dedicarle muchísimas horas para poder conseguir una cartera de clientes lo suficientemente apañada como para poder ser todo lo independiente que puedas, que de eso se trata ser autónomo.

Hace poco, mencioné, precisamente, en por qué le di una oportunidad a la traducción, cuando sabía perfectamente que lo mío era la docencia. Y precisamente es porque, mientras estudiaba, trasladar sentidos, significados y palabras de un idioma a otro me hacía MUY feliz. ¿Por qué lo dejé? Por el mismo motivo: porque ya no me hacía tan feliz. Y no me siento ningún fracasado, pero porque no considero un fracaso ir filtrando lo que te apetece y lo que no te apetece hacer: precisamente no he cerrado las puertas a volver a la traducción (de hecho, he sido admitido en el proceso de contratación a partir de bolsa de profesores sustitutos de la Universidad de Málaga) ni tampoco he rechazado la idea de dejarla para siempre. Es algo que me ha marcado, como he mencionado antes, pero que prefiero dejar apartada de momento. Hasta que esté preparado para volver.

Las nuevas generaciones
Traducción e Interpretación está en más de 20 universidades por toda España, teniendo una media de unos 100 egresados por año. Si no faltamos a las clases de matemáticas, eso nos da una media de 2000 nuevos traductores o intérpretes al año que no saben qué van a hacer con sus vidas (y de cuyo destino, a partir de unas encuestas, además de la ayuda de licenciados y graduados, pude hablar en el Congreso Entreculturas en junio de 2019).

Sea como fuere, y haciendo una lectura vertical en redes sociales, uno se da cuenta de que muchos se quejan de que, al parecer, hay solo dos caminos: morirse de hambre siendo traductor autónomo —porque es lo que quieren hacer— o hacer las oposiciones para carrera docente, aunque no es lo que les guste. Precisamente, ninguno de los dos caminos es cierto ni recomendable: trabajar en docencia, al igual que en traducción, requiere paciencia, pero también muchísima vocación, por lo que mi recomendación es que hay que luchar por lo que queremos, aunque sea un poquito. Las malas condiciones del principio, que muchos achacan a la falta de experiencia en el sector, se acaban pasando; también los malos clientes y las malas experiencias (más o menos).

Al fin y al cabo, y aunque esto suene a típico panfleto de autoayuda, hay que luchar por lo que nosotros queremos, sin importar lo que opinen los demás y, sobre todo, sin importar lo que juzgue nuestro alrededor por nosotros. Al fin y al cabo, es nuestra vida y nuestra carrera profesional, y las tenemos que cuidar —precisamente— como si solo fueran nuestras. Precisamente es un mensaje de positividad a las nuevas generaciones, reflejado también en los últimos artículos de Scheherezade Surià, en los que cuenta con diferentes perfiles para demostrar que la traducción es un mercado en el que tiene cabida todo el mundo.

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