Mi currículo de los fracasos

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En una época tan competitiva como la que estamos viviendo, no podemos permitirnos dejar pasar casi ninguna oportunidad laboral. Todos hemos tenido nuestro momento de buscar trabajo, y, durante ese tiempo, nuestro mejor amigo ha sido el currículo. De hecho, lo sigue siendo para los que buscamos trabajo mientras estamos trabajando.

El currículo es un documento muy especial que, a pesar de ser bastante «formal», es muy personal. Dentro de unos límites, cada uno lo estructura como quiere, le añade imagen corporativa o incluso una foto. En algunos países, añadir ciertos datos está prohibido o no se recomienda para evitar discriminaciones, y en otros es obligatorio añadir algunos detalles para que te consideren como candidato.

El otro día, en una charla informal con un par de estudiantes de Traducción e Interpretación, me preguntaron qué pensaba sobre los currículos y si les podía dar algún consejo sobre lo que debían tener para que una empresa te contratara. Después de darle muchísimas vueltas al tema y no ponerme de acuerdo ni conmigo mismo, se me encendió la bombilla: la clave del éxito (laboral) no solo está en lo que se muestra en un documento como el currículo, sino que está en lo que no se enseña.

Cuando era estudiante, algunos de mis compañeros decidieron jugar a ser videntes con mi futuro laboral. Por ese entonces, como ya sabréis, estaba escribiendo en Diario de un futuro traductor y ya estaba haciendo mis pinitos con prácticas voluntarias y algunas remuneradas. Hasta yo me creí que, una vez terminado el grado, todo sería coser y cantar solo por tener experiencia y ser conocido en el sector, como insistían amigos y compañeros a los que no les parecía bien lo que hacía. Fuera como fuese, las facilidades nunca se me han dado bien y hoy me gustaría explicaros mi currículo de los fracasos, momentos en los que me he equivocado y de los que he aprendido.

Los problemas empiezan en la universidad
Algunos de los fracasos más importantes están relacionados no con la aptitud, sino con la actitud del  futuro trabajador (en este caso, un servidor). El primer problema vino con la elección de mis lenguas de trabajo. Sabía que no quería estudiar francés por una mala experiencia con un profesor y porque acababa de llegar el alemán a mi vida.

Me tomé el aprendizaje demasiado a la ligera después de pasar dos semanas en Alemania, y, además de la formación que yo mismo había ido adoptando, no me había parado a pensar que quizás no era una buena buena idea elegir el alemán como mi futura lengua de trabajo. El fracaso, sin embargo, no fue elegir este idioma, sino no aprenderlo de la forma correcta ni aprovechar al 100 % las horas lectivas que me ofrecían desde la universidad.

Cuando quise darme cuenta, el resto de mis compañeros iban bastante más avanzados que yo, y a mí me costó cogerles el ritmo por confiarme de mí mismo, si es que acaso conseguí hacerlo. De hecho, a día de hoy todavía no me creo el aprobado (bastante holgado) que conseguí en traducción inversa de alemán. Lo que debía ser un punto a favor para mi vida laboral (que era como veía al alemán cuando empecé la carrera) se convirtió en una carga, y todo por el primer gran fracaso que cometí: elegir algo por orgullo y no seguir con ello por pereza.

Hay otra cosa que también considero un gran fracaso durante mi época estudiantil, y fue que, aunque yo siempre he sido un chico de notables, podría haberme esforzado más para conseguir más méritos, por ejemplo, aunque eso es parte de otra historia.

Seguir cagándola en el trabajo tiene su mérito
Creía que «liarda parda» era cosa de niñatos, y que sería mucho más responsable, o menos ingenuo, una vez terminada la carrera y habiendo empezado mi carrera como traductor autónomo a raíz de la salida de Diario de un futuro traductor y de mi regulación con otros compañeros (como ya expliqué cuando cumplí mi primer aniversario como autónomo).

Hay algo que jamás he contado, y que considero mi primer fracaso laboral (parcial)  como autónomo: confieso que no tenía confianza en que se vendiera el libro, a pesar de haber impreso más de 200 ejemplares por mi cuenta. Consideraba que era demasiado tarde, que llevaba casi un año sin escribir y con una generación en la que cada vez era menos conocido y con la que supongo que tenía menos cosas en común que con la que me empezó a seguir.

Desde entonces ha habido idas y venidas, subidas y muchísimas bajadas, entre las que quiero destacar mi colaboración con dos empresas. En la primera, me pudo la falta de concentración (luego os explicaré por qué) y la falta de experiencia específica en ciertos campos de la empresa, pero, sobre todo, lo considero un fracaso mayormente por la falta de comunicación que hubo por las dos partes y a la que yo tampoco puse remedio. Ninguna de las partes acabó contenta con la colaboración, así que es una espinita con la que sigo clavada.

La siguiente «cagada» fue algo diferente. Me contactó una empresa con la que había colaborado (aunque no con una relación cliente-proveedor de servicios) para redactar artículos en un blog corporativo. Después de un par de meses, vimos que la cosa no iba a ninguna parte y decidimos dejar la colaboración de buenas maneras. Supongo que lo que todavía me da vueltas en la cabeza es el hecho de que tendría que haberles demostrado que mis servicios no eran prescindibles, y que los dos íbamos a sacar algo bueno de esa relación.

Doy por sentado que se entiende lo que quiero explicar con estos dos casos concretos: dejé pasar oportunidades por no centrar las energías suficientes en lo que quiero que me dé de comer el resto de mi vida, y he ido hilando poco a poco una cadena de inseguridades y desconfianza conmigo mismo que me ha costado más de un disgusto.

Lo que aprendes de las caídas
Una vez te das cuenta de que los fracasos forman parte de la vida, de tomas todo de otra manera. Es verdad que muchas cosas podrían haberse mejorado, pero también considero que quizás no era mi momento. Cuando estuve trabajando con la empresa con la que faltó comunicación estaba pasando una época económica bastante floja, y tuve que recurrir a trabajar de noche seis días a la semana; con la segunda, quizás me absorbió el tener otros proyectos que me generaban más ingresos.

La cuestión es aprender de los errores, encontrar las respuestas que necesitamos y aplicar los conocimientos a las situaciones nuevas a las que nos enfrentamos. ¿Quién me iba a decir a mí, que hace unos meses estaba pensando en dejarlo, que iba a estar trabajando en lo que más me gusta y que iba a ser tan feliz haciéndolo?

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Un comentario en “Mi currículo de los fracasos

  1. Hola Ismael,

    Los errores y los fracasos son necesarios. Hay que saber nutrirse de ellos y hacer que pasen de obstáculos a ventajas. Debemos aprender a tolerar esa frustración que nos produce el fracaso en ocasiones. Con respecto al alemán, piensa que es una lengua de difícil adquisición para un hispanohablante. Y no creo que en dos años pueda el estudiante sintetizarla bien del todo. No sé de que manera se enseña, pues mis lenguas son francés e inglés. Por cierto, ¿qué tal el nivel de inglés en lengua B ? Yo lo tengo como lengua C. Tampoco te comas la cabeza con los resultados. Comprendo que no gusta sacar un resultado que no corresponde a nuestras capacidades pero lo que realmente importa es lo que aprendas y la calidad del trabajo que ofrezca cuando saltemos al mundo laboral. Las notas son solo números que no nos definen.

    Saludos.

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