
Hace tan solo dos semanas iba a una entrevista para trabajar en el aeropuerto en una compañía aérea. Dije «hasta aquí» con la docencia. Estaba mirando a un poco más al medio-largo plazo, aunque el ser autónomo y docente no me permita mirar más allá del mes que viene. ¿Y sabéis qué pasó? Que no me presenté a la entrevista. No solo porque las condiciones económicas no me convencieran, sino también porque no me vi trabajando de otra cosa que no fuera de profesor de inglés… De hecho, es que tampoco el mercado laboral me ve como otra cosa que no tenga que ver con la enseñanza. Y aquí es donde entra el tema de hoy: la vocación.
En la sección «Tenemos que hablar», abordamos temas relevantes, complejos o polémicos sobre la vida personal, profesional o académica. Es un espacio de reflexión y de conversación, incluso de exploración de diferentes perspectivas, que ofrece una oportunidad de analizar cuestiones desde un punto de vista más crítico. Ya hemos tratado los certificados de idiomas, de los trabajos de fin de grado, y de la inteligencia artificial.
Durante estos meses he valorado mucho la idea de dejar de ser profesor, de empezar una andadura en un nuevo puesto, en un sector en el que los idiomas sigan siendo el centro de la profesión y, como último recurso, en un sector ajeno totalmente a la enseñanza. Pero hay que tener algo en cuenta: cuando no fui a aquella entrevista (avisando, que conste), no pensé en mí como una persona irresponsable, sino que pensé en mí como lo que soy: como un profesor. Como si no presentarme y tener la posibilidad de que me cogieran en ese trabajo fuera, en realidad, una forma de lealtad a algo más grande que un contrato.
Porque ¿qué significa exactamente tener vocación? ¿Significa no hacer otra cosa? ¿Significa que no puedes dejar tu trabajo porque es lo que te mueve, aunque estés cansado? ¿Significa que no puedes evitar la traición al pensar siquiera en bajarte del barco? Pues fijaos que he estado pensando mucho en ello. Ahora que no escribo tanto por aquí, he madurado mucho más las ideas y quiero contaros algo que, realmente, me afecta y me transmite posibilidad de debate.
Para mí, la vocación tiene algo similar a la religión. Al venir de «vocatio», que significa ‘llamamiento’, se utilizaba sobre todo en contextos religiosos, por lo que la comparación viene como anillo al dedo. La cuestión es que parece como si alguien o algo te hubiera señalado desde pequeño con una pasión y hubiera dicho: «te toca ser esto, no te va a gustar hacer nada más». Y cuando recibes ese llamado, esa voz interna que nos regula nos dice que irse no parece una opción más, sino una deserción en toda regla.
Yo siempre he dicho que me gusta enseñar. Es bien sabido que, de hecho, siempre me ha gustado enseñar de una forma más práctica que teórica; por eso, entre otras razones estudié Traducción e Interpretación y no otras carreras. Para mí, explicar cómo se construyen ciertas estructuras en inglés y comprobar cómo mis alumnos entienden lo que vemos en clase es algo que me parece increíblemente gratificante.
Pero claro… también he estado agotado. También he dudado de si todo esto vale la pena, sobre todo con un aspecto tan de «profe» como pueden ser unas oposiciones. Y claro: es aquí cuando se pone todo en balanza y empieza el conflicto. Para mí, dejar la docencia no significaría simplemente cambiar de sector, de trabajo o, simplemente, empezar desde cero a la mitad de la treintena, sino sentir que estoy haciendo de menos a esa persona que lleva más de diez años trabajando sin descanso en un sector que no siempre es agradecido.
Hay algo que me incomoda dentro del discurso de dedicarse a lo que uno le gusta, y es que se utilice desde un punto de vista moralista. Parece que si tienes vocación, no puedes quejarte, ni hablar demasiado de dinero ni plantearte ninguna otra salida profesional, cuando, en realidad, todo es válido con querer y poder dedicarte a lo que te gusta. La vocación se convierte, de esta manera, en una manera de filtrar a personas ilusionadas y a personas que ya no valen para según que trabajos. ¿Y si hacemos lo posible por entender que la ilusión no paga las facturas? ¿Y si entendemos que el problema no es la vocación, sino la precariedad? ¿Y si confundimos compromiso con sacrificio permanente?
Otra cosa es la sensación peculiar que me da al darme cuenta de que parte de mi identidad es mi trabajo, cuando no debería ser así. Hace años, cuando empecé en terapia, fui precisamente porque yo me metía en un pozo de inseguridad cuando no tenía el trabajo ideal, o cuando no conseguía suficiente trabajo, o cuando, simplemente, no me iban las cosas como creía que me tenían que ir. Y es que, en mi caso, decir «soy profesor» significa mucho más que decir de qué trabajo. Hace que mi trabajo sea personal. Quizás demasiado personal. Y es cuanto te das cuenta de que tus amigos, que trabajan de programadores, no tienen ese problema. Ni tampoco tu tía, que trabaja de limpiadora. La vocación (que no digo que sus trabajos no sean vocacionales, porque creo que nunca he tratado este tema con ellos) hace que todo se convierta en un gran tema personal.
Aun así, ya os digo que no sería honesto reducir a la vocación como una especie de trampa, un mito o un invento para mantenernos en sitios que no nos convienen. Para mí significa saber que, a pesar de todo, siento que estoy donde tengo que estar cuando estoy dando clase. Para mí significa sentir la humanidad que existe en acompañar en procesos, en ver crecer y entender, en abrirles puertas a la gente que realmente lo necesita. Quizás, entonces, el problema sea la carga que tiene la vocación, en vez de la vocación en sí, que no es más que una mera convicción.