Los autónomos sí que somos superhéroes

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El tiempo pasa y todavía no me creo que hace ya casi dos años que sea profesional autónomo. En marzo de 2015 decidí que era el momento de hacerme autónomo y, como comenté hace ya unos meses, vender mi libro Diario de un futuro traductor y empezar a colaborar con colegas y regularizar mi situación laboral con otros clientes con los que quería empezar a trabajar.

Supongo que en ese 2015 tomé muchas decisiones que estaban enfocadas a emprender una aventura laboral que me apetecía y que era necesaria por muchas razones. No solo las laborales que acabo de mencionar, sino también muchas otras de carácter personal. Por ese entonces estaba trabajando detrás de una barra (donde la verdad es que aprendí muchísimo y, de hecho, volvería después de ver que los comienzos no son fáciles para nadie) y no me sentía cómodo haciendo algo que no me gustaba.

Así fue cuando, después de darle muchísimas vueltas, decidí empezar a intentar ganarme la vida con lo que había estudiado. Y fue entonces cuando me di cuenta de que las cosas que se decían sobre los autónomos eran verdad: son (somos, de hecho) unos auténticos superhéroes.

Si hay que tomar algo en la vida para ser feliz y hacer lo que te gusta son decisiones, y decidir ser autónomo no es algo fácil, pero es algo que, al final, compensa. Los riesgos de tener un negocio unipersonal son muchos, pero también existen muchas ventajas. Como quiero dejar un buen sabor de boca en este artículo, creo que es mejor que empiece con los riesgos o inconvenientes.

Muchos creen que a los autónomos nos falta un tornillo precisamente por una de las características que nos hace freelance: pagar nuestra propia cuota de seguridad social. Es un tema del que se ha hablado mil y una veces, no solo desde el mundo externo a nosotros, sino que también es un tema recurrente de queja entre los autónomos.

Bien es verdad que podríamos tener una cuota progresiva o que se adapte a nuestros ingresos, pero también puedo llegar a entender que exista una cuota fija como la actual, ya que una cuota según los ingresos que facturamos daría libertad para que muchos trabajaran en negro (como, de hecho, ya hacen muchos).

Si hablamos de pagos, que normalmente se dan tarde y mal gracias a una legislación vigente que nos hace cobrar hasta 60 días después de la fecha de nuestro trabajo (o, peor, de la facturación, que suele ser más tarde), también tenemos que hablar de impagos. Algunos clientes deciden cambiar el presupuesto, un documento legal, como a ellos se les antoja, y creen que debemos respetar sus decisiones solo porque son los que pagan (si lo hacen).

Se me está viniendo precisamente un caso de transcripción que ya comenté en otro artículo, en el que, aunque sí que cobré parte de mi trabajo, solo recibí el 50 % de lo acordado previamente. El cliente no daba su brazo a torcer porque «los archivos no se le abrían bien» (aunque a mí sí, era cosa de su codificación) y, en vez de pedírmelos otra vez o hablar conmigo, decidió no volver a hablarme y dejándome la mitad por pagar.

Los horarios que tenemos los autónomos también son muy locos. En el caso de la traducción, al poder trabajar con empresas con diferentes husos horarios, podemos estar trabajando hasta las tantas (¡los turnos de noche son los más duros!) pero también tenemos que estar disponibles para otros clientes. Es lo que tiene querer llevar todo para adelante, que los horarios de descanso y de trabajo de nuestros clientes y de nosotros mismos se acaban solapando y no hay quien aguante ese ritmo.

En una de las entrevistas a la traducción y la interpretación en su máxima esencia, incluidas en Diario de un futuro traductor, Eugenia Arrés dice que hay muchos egresados que no quieren trabajar como autónomos por varios motivos; entre ellos, la fluctuación de ingresos. Los autónomos nunca sabemos a ciencia cierta lo que vamos a cobrar cada mes. No tenemos una constante de trabajo ni un sueldo base del que podamos disponer. Tampoco aunque los facturemos: ya hemos mencionado que todos los clientes no nos pagan en cuanto les mandamos la factura; de hecho, que ocurra eso es motivo de celebración no solo en la oficina del traductor autónomo en particular, sino que todos los compañeros nos alegramos también.

Pero no todo va a ser malo: ser autónomo tiene muchísimas ventajas que muy pocos de los que están desde fuera tienen en cuenta. Por ejemplo, ser autónomo significa ser director de tu negocio. Y no me refiero al tema de ser «CEO», como apuntó hace poco Xosé Castro. Significa tener que decir sí a proyectos interesantes y ser responsable de nuestro trabajo, esta vez con una visión de primera persona que no se ve tanto en un trabajo en plantilla: si eres autónomo y haces tu trabajo mal lo más normal es que pierdas el cliente y, con ello, también baje tu reputación en relación con otros clientes actuales o potenciales.

También ser autónomo, al final, significa tener que convertirnos en unos auténticos camaleones y tratar de variar todo lo posible para conseguir más y mejores clientes: en mi caso, mi profesión principal es la de traductor, pero también doy clases de inglés a través de academias y a través de personas particulares, además de ofrecer otros servicios de comunicación y de redacción. Al final te das cuenta de que, si quieres que te valga la pena ser autónomo, tienes que ir probando hasta que el mundo haga clic y empiecen a salir los proyectos.

Una última ventaja que considero muy importante es la posibilidad de movilidad que tenemos los profesionales freelance ante otro tipo de trabajadores. Trabajar desde la oficina improvisada de nuestro dormitorio (o un despacho, si lo tenemos bien preparado) o desde una cafetería es algo que no cambiaría a estar todos los días con el mismo ambiente, con las mismas caras y los mismos sonidos.

Cada mundo es diferente, y cada autónomo es libre de llevar su propio negocio. Esta es solo mi experiencia, y trato de explicar las ventajas e inconvenientes que he visto en casi dos años perteneciendo al régimen de trabajadores autónomos.

Tengo que decir que este artículo tiene un motivo, y es que, el otro día, hablando con mi madre por teléfono me soltó la frase típica de «Trabajas demasiado, hijo». Y sí, trabajo muchísimo, pero es algo que estoy disfrutando tanto que, en realidad, no me importa quedarme más horas de la cuenta.

En mi vida, sobre todo siendo camarero, he trabajado hasta 10 y 12 horas seguidas, pero supongo que en ese momento ni mi madre ni nadie veía lo mucho que trabajaba porque tampoco es que coincidiéramos: cuando yo empezaba a trabajar ella se iba a dormir y al revés. Ahora que compartimos horarios pero que no estamos en la mimma ciudad (recordemos que vivo en Granada desde marzo de 2016) se preocupa más por mi bienestar laboral y personal. Yo solo tengo que decir una cosa antes de terminar este artículo: mamá, los autónomos (no) trabajamos demasiado, es que somos superhéroes.

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