
El inicio del curso es, prácticamente, como si fuera una página en blanco en la que poder escribir nuevas historias, aunque, por suerte o por desgracia, estas historias me son familiares: exámenes que no suceden, trabajos que aparecen y desaparecen, y un bolsillo lleno de proyectos que hacer en estos meses venideros. El problema, como siempre, es ver por dónde hay que caminar para seguir haciendo el camino.
Hace unos meses hablé de la importancia de la salud mental en entornos personales y laborales, y, de hecho, la terapia me ha hecho darme cuenta de muchos aspectos de mi vida que, a lo mejor, no iban en el camino correcto. El primero de todos fue el síndrome del impostor, que tanto daño nos hace a la gente de la generación milénica, en general, y a los que tenemos profesiones relacionadas con los idiomas/las humanidades, en particular. Hay otros aspectos laborales, como la insistencia por la docencia, incluso siendo un trabajo al que ya le había visto sus pros y sus contras, que me han hecho darme cuenta de que necesitaba ampliar horizontes y conocimientos, y así tener una experiencia personal más plena.
Sea como fuere, toca seguir para adelante y os comento un poco cómo han sido estos últimos meses, que han venido cargados de cosas por contar y de idas que plasmar en este diario de a bordo, que, por cierto, cumple ya ocho añazos. ¡Y por muchos más!
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