
Cuando empecé a trabajar como traductor autónomo —es decir, a trabajar solo ante el peligro, de alguna forma—, tuve que empezar a acostumbrarme a mantener algunas rutinas dentro del entorno laboral para poder crecer como «empresario». Está claro que, cuando llevas tu propio negocio, como es el caso de los autónomos, tenemos que tener claro hacia dónde queremos ir para que nuestros esfuerzos nos lleven a buen puerto.
Durante este año y medio que llevo como autónomo, las rutinas que he ido siguiendo, aunque en diferentes intervalos han sido contactar con empresas entre las que mis servicios son necesarios, como el de traducción, el de redacción o el de formación; consultar ofertas de trabajo en páginas para traductores y para otros profesionales autónomos, ya que suelen haber ofertas interesantes para trabajadores «multifunción» como solemos ser los traductores; y cuidar más mis perfiles en las redes sociales, para que sean atractivos al posible cliente potencial.
En el peor de los casos, el cliente no acepta el presupuesto o cree que mi perfil no se adecua a lo que él necesita. En el mejor, sin embargo, estas rutinas (una hora al día, al menos) dan como resultado un vaivén de correos en los que se acepta el presupuesto, me entregan una prueba para poder formar parte de su base de datos o, ¡el mejor de todos!, en el que envío la factura para poder cobrar mi trabajo.
Entre tantos correos, llegan ofertas un poco especiales. Y cuando digo «especial», no digo que sean proyectos con plazos en condiciones, ni con unas tarifas excelentes, ni siquiera en un formato que nos rente hacerlo. Me refiero a ofertas surrealistas que he recibido en los últimos meses y que me han dejado con la boca abierta.
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